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Bienvenido a NO MORE Silence, Speak Your Truth.

Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
Historia
De un sobreviviente
🇺🇸

Corazón roto35

Tengo 71 años y me dejé abusar por más de 20 años de un matrimonio de 36 años. Perdí a mis hijas y nietos por mis acciones. No tengo a nadie, estoy totalmente sola. Descubrí que mi esposo era drogadicto con receta, ladrón y mentiroso, que manipulaba a todos a su alrededor; era un buen tipo. Estaba demasiado ocupada trabajando, criando una familia y seguí dejando que este hombre me usara porque lo amaba. Me di cuenta de que el amor no debería doler. Él se fue de nuestra casa durante años, yo nunca salí con nadie más. Me violaron, me estrangularon, me golpearon, me dejaron con moretones y me ensangrentaron, me robaron dinero y antigüedades, etc. Me dejé usar una y otra vez, no sé por qué, todavía no lo sé. Pensé que lo amaba porque teníamos un vínculo especial. Me estaba engañando a mí misma y duele más de lo que crees. Intenté terminar con mi vida para deshacerme del dolor del abuso y fracasé hace años. No pude vivir con el dolor de perder a mi familia. Estoy tan sola, sentada en una casa, consumiéndome, esperando morir algún día, alguien que lo note por mi correo o mi perro. Qué lástima que yo, una hermosa, fuerte y amorosa esposa y madre abuela, me hayan dejado morir así, sola y destrozada por el abuso. Culpo a mis hijos por no protegerme, a los tribunales y, sobre todo, me culpo a mí misma por amar a un hombre y no amarme más a mí misma. Necesito ayuda y todavía la necesito.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇲🇾

    Vete a la primera señal de alarma. Busca a alguien que te permita ser femenina.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Liberarse: Escapar del control de un narcisista

    Dejar a mi ex fue una decisión marcada por años de aislamiento y maltrato físico, pero el punto de quiebre llegó cuando intentó controlar mi sustento. Quería que dejara mi trabajo, y cuando me negué, no le importó. En otra ocasión, me miró a los ojos y me dijo: «No vas a salir viva de este apartamento», antes de reírse. Ese fue el momento en que me di cuenta: ¿por qué dejaba que este hombre decidiera qué hacía con mi vida? ¿Por qué dejaba que él decidiera si iba a seguir viva o no? El día que finalmente me fui, llamé a mi madre y le dije que quería irme. Cuando mi ex amenazó con tirar todas mis pertenencias, llamé a la policía. Me dieron cinco minutos para recoger lo que pudiera. Agarré todo lo que pude cargar y me fui. Pero irme no fue el final, fue solo el principio. Me acosó sin descanso. Mensajes en redes sociales. Regalos en mi coche. Apariciones en casa de mis padres. Llamadas incesantes. Al final tuve que cambiar mi número de teléfono. Aun así, me llevó un tiempo solicitar una orden de protección porque, de alguna manera, seguía sintiéndome mal por él. Entonces, tras meses sin contacto, me lo encontré en el gimnasio. Hizo un comentario amenazante, así que lo denuncié y le prohibieron la entrada. Eso lo enfureció. Al salir del gimnasio, intentó sacarme de la carretera. Conseguí entrar en un aparcamiento donde me rodearon unos transeúntes mientras él gritaba. Llegó la policía y me dijo que debía solicitar una orden de protección de emergencia inmediatamente, algo que había pospuesto, pensando que tenía que esperar al horario de oficina. Recibí la orden y pensé que ahí se acabaría todo. Pero justo un día después de que expirara, volvió a aparecer, y esta vez no me dejó salir del aparcamiento. El pánico me invadió mientras intentaba desesperadamente llamar la atención de alguien para que llamara a la policía. Finalmente, conseguí ponerme a salvo, y alguien ya había hecho la llamada. Al empezar a conducir a casa, me di cuenta de que me seguía de nuevo. En lugar de irme, me di la vuelta y se lo dije a la policía. Se ofrecieron a seguirme y, mientras me alejaba, lo vi al otro lado de la carretera. Le hice una seña al agente, quien inmediatamente lo detuvo. Unos minutos después, el agente me llamó y me dijo que necesitaba obtener otra orden judicial contra él, advirtiéndome que tenía problemas mentales. Esperaba que al detenerlo me hubiera dado tiempo suficiente para llegar a casa sana y salva. Esta vez, tuve que solicitar una orden de paz, que solo duró seis meses. Incluso intentó apelarla, pero al final se la concedieron. Mirando hacia atrás, aprendí que el momento más peligroso para una sobreviviente no es durante la relación, sino cuando intentan irse. Esos meses después de mi partida fueron mucho más aterradores que cualquier momento que pasé con él. Pero al final, salí adelante. Y eso es lo que importa.

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  • Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    La batalla no ha terminado, pero sigo en pie.

    Mi historia comienza mucho antes del día en que finalmente escapé. Tenía 18 años cuando conocí al hombre que se convertiría en el padre de mis hijos. En ese entonces, era joven, inexperta y aún intentaba comprender quién era y qué quería para mi vida. Había crecido en país , pero debido a que mi padre había trasladado a nuestra familia a país cuando yo era pequeña, me encontré construyendo mi vida adulta en un país que nunca sentí realmente como mi hogar. A los 19 años, quedé embarazada de mi primer hijo. El embarazo fue inesperado, pero estaba decidida a hacer todo lo posible para ser una buena madre. Me habían inculcado fuertes convicciones personales sobre el embarazo y la maternidad, y tomé la decisión de continuar con mi embarazo y dar la bienvenida a mi hijo al mundo. En ese momento, creía que formar una familia traería estabilidad y felicidad. Creía que convertirnos en padres sacaría lo mejor de ambos. En cambio, el abuso comenzó durante mi embarazo. El primer incidente que recuerdo con claridad ocurrió cuando tenía ocho meses de embarazo de mi hijo. Trabajaba porque necesitábamos dinero para prepararnos para la llegada del bebé. Un día, mientras volvía a casa del trabajo, empecé a sentir un dolor intenso y malestar físico. Mi cuerpo se estaba preparando para el parto y me costaba caminar. En un momento dado, sentí que las caderas me fallaban y tuve que detenerme y agarrarme al borde de un puente mientras la gente a mi alrededor me preguntaba si estaba bien. Tenía ocho meses de embarazo, se notaba que me costaba mucho, y la gente a mi alrededor se mostró preocupada. Pero cuando mi teléfono empezó a llenarse de llamadas perdidas y mensajes de mi pareja, su primera reacción no fue de preocupación. Solo llegué unos 15 minutos tarde. En lugar de preguntarme si estaba bien, me acusó de estar con otro hombre. Sabía que había estado en el trabajo, pero supuso lo peor y me exigió explicaciones de dónde había estado. En ese momento, no reconocí esto como maltrato. Era joven y no entendía que los celos, las acusaciones y el comportamiento controlador eran señales de alerta. Cuando llegué a casa, encontré nuestra habitación destrozada. Mis libros, que eran increíblemente importantes para mí, estaban tirados por todas partes, dañados y arruinados. Siempre he sido lectora y también escritora, así que esos libros representaban años de recuerdos y una parte de lo que era. Objetos que me importaban habían sido destruidos. Cosas con valor sentimental se rompieron. Recuerdo sentirme como si hubiera entrado en un campo de batalla. Intenté explicarle lo que había pasado. Intenté hacerle entender que no había hecho nada malo. En cambio, se enfadó cada vez más. Su rostro cambió, empezó a gritar y se volvió físicamente agresivo. Durante esa discusión, me empujó cuando tenía ocho meses de embarazo. En ese momento, no entendía las consecuencias médicas de lo sucedido. Unos días después, durante una cita de rutina, los médicos descubrieron que tenía un desgarro en la bolsa amniótica y casi nada de líquido amniótico. Me enviaron inmediatamente al hospital. Mi hijo nació prematuramente después de un parto inducido que duró aproximadamente 17 horas. Nació con graves complicaciones y llegó al mundo luchando por la falta de oxígeno. Recuerdo estar agotada como nunca antes. Recuerdo sentirme sola. Recuerdo que me presionaron para seguir adelante cuando casi no me quedaban fuerzas. Cuando nació mi hijo, pensé que la experiencia lo cambiaría todo. Pensé que convertirse en padre le haría comprender la importancia de proteger a nuestra familia. Quería creer que podía cambiar. Así que me quedé. Intenté que funcionara. Pero el patrón continuó. Después del nacimiento de mi hijo, mi vida se centró en protegerlo y en intentar crear un hogar estable. Era una madre joven que intentaba equilibrar todo: trabajar, cuidar de un recién nacido y tratar de comprender cómo manejar una relación que se volvía cada vez más aterradora. Al principio, seguía esperando que el incidente durante mi embarazo fuera un hecho aislado. Quería creer que había perdido el control por estrés, miedo o inmadurez. Quería creer que, una vez que tuviéramos a nuestro hijo, se convertiría en el compañero y padre que esperaba que fuera. En cambio, el comportamiento continuó y poco a poco se convirtió en parte de mi vida diaria. Con los años, el abuso adoptó muchas formas. No era solo físico. Había insultos constantes, gritos, intimidación y ataques emocionales. Me llamaban con nombres degradantes y me hacían sentir que no valía nada. También hubo insultos racistas que me afectaron profundamente. Poco a poco, mi confianza se fue minando. Al mismo tiempo, intentaba ser la mejor madre posible. Mi hijo comenzó a tener serios problemas de salud. Cuando tenía alrededor de dos años, tuvo su primera convulsión. Al principio, los médicos creyeron que estaba relacionada con la fiebre, pero las convulsiones continuaron durante toda su infancia. Cuando tenía alrededor de ocho años, sufrió una convulsión grave que causó gran preocupación y llevó a los médicos a descubrir que tenía epilepsia. Recuerdo cargarlo y correr por las calles tratando de encontrar transporte para que recibiera atención médica de emergencia. Ya era más de la mitad de mi tamaño, pero en ese momento, nada de eso importaba. Yo era su madre y necesitaba conseguirle ayuda. Después de más evaluaciones, supimos que mi hijo era autista. Comenzamos a notar diferencias en su forma de aprender, sus habilidades de escritura, su sensibilidad y los desafíos que enfrentaba en comparación con otros niños. En lugar de recibir paciencia y comprensión, mi hijo a veces era insultado por su padre debido a sus diferencias. Lo llamaban con apodos y lo hacían sentir inferior. Esa fue una de las cosas más difíciles para mí como madre. Podía soportar muchas cosas dirigidas hacia mí, pero ver a mi hijo sufrir emocionalmente era devastador. Intenté irme varias veces. Cuando mi hijo tenía unos cinco años, llegué a un punto en el que supe que no podía seguir viviendo de la misma manera. Decidí separarme de su padre. Intentamos establecer un acuerdo de custodia compartida, pero como vivíamos en el mismo país sin una red de apoyo sólida, la separación fue mucho más complicada que simplemente irme. Estaba aislada. Mis relaciones familiares ya eran difíciles y no tenía una red de apoyo confiable a mi alrededor. Muchos de mis amigos no sabían la magnitud de lo que estaba sucediendo. Me había acostumbrado a ocultar lo que pasaba porque sentía vergüenza y porque no sabía quién podría ayudarme. Durante este período, viví algunos de los incidentes más aterradores de mi vida. Uno de ellos ocurrió después de que él revisara mi teléfono y encontrara mensajes inocentes de alguien a quien había conocido en la adolescencia. Eran conversaciones sencillas, pero él las interpretó como una traición. Se enfureció. Me agarró, me arrastró por la casa, me tiró del pelo y me obligó a salir mientras me gritaba. La fuerza con la que me tiró del pelo fue tan fuerte que me arrancó el cuero cabelludo, dejándome una calva que aún conservo. Tiró dinero a la calle y me dijo que buscara un hotel porque ya no podía quedarme allí. Lo que hizo la situación aún más dolorosa fue que yo era quien pagaba la casa. Denuncié lo sucedido. Los inquilinos ya no querían que viviera allí después de lo ocurrido, y esto se convirtió en otro intento de alejarme de él. Pero irme nunca fue fácil. Los años que siguieron fueron un ciclo de intentar irme, de intentar protegerme a mí misma y a mis hijos, y de intentar sobrevivir a las consecuencias de cada intento. Durante el tiempo que el padre de mi hijo y yo estuvimos separados, intenté mantener una vida lo más normal posible para él. Quería que tuviera estabilidad. Quería que se sintiera querido y protegido a pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Pero incluso después de la separación, el control no terminó. Una de las partes más dolorosas de mi experiencia fue darme cuenta de que terminar la relación no significaba automáticamente que me librara de él. El abuso emocional, la intimidación y el miedo continuaron. Hubo una noche durante ese período que cambió mi vida para siempre. Me habían invitado a salir con una amiga. Era una de las primeras veces en años que salía a algún lugar con amigos. No era una persona que saliera a menudo. Normalmente estaba en casa cuidando a mi hijo, trabajando o lidiando con todo lo que sucedía en mi vida. Muchas de las personas allí pertenecían al mismo círculo social que el padre de mis hijos, porque compartíamos muchos amigos. Tomé una copa esa noche, una bebida sin alcohol porque nunca he sido de beber mucho. Poco después, tanto mi amiga como yo empezamos a sentirnos inusualmente mareadas y mal. La sensación no era normal, sobre todo porque se suponía que la bebida no contenía alcohol. Recuerdo sentirme insegura y decidir que lo mejor era irme. Me aseguré de que mi amiga llegara a casa sana y salva primero. Durante el trayecto en taxi, intenté estar atenta a mi entorno. Intentaba mantener la calma, estar alerta y asegurarme de llegar a casa sana y salva. Al llegar, descubrí que el padre de mis hijos estaba allí. Todavía tenía las llaves de cuando vivíamos juntos. No recuerdo todo lo que pasó después de que entrara. Recuerdo sentirme confundida y desorientada, y lo siguiente que recuerdo con claridad es despertar al día siguiente y darme cuenta de que estaba en mi cama. Aproximadamente cuatro semanas después, supe que estaba embarazada. Me costó mucho asimilar lo sucedido porque no entendía cómo había quedado embarazada. Sentía mucha confusión, miedo y dolor. Debido a mis creencias personales y a que el aborto no era una opción legal, decidí continuar con el embarazo. Nació mi hija, y una vez más intenté creer que esto podría ser un punto de inflexión. Su padre me dijo que, como ahora teníamos dos hijos juntos y él asistía a reuniones organización y trataba de cambiar, deberíamos darle otra oportunidad a nuestra familia. Quería creer que la gente podía cambiar. Quería que mis hijos tuvieran una familia. Así que lo intentamos de nuevo. Nos mudamos a un apartamento conectado a su familia, con la esperanza de que vivir en un lugar diferente creara un entorno más seguro. Por un corto tiempo, las cosas mejoraron. Pero finalmente, los mismos patrones regresaron. La ira regresó. Los insultos regresaron. La violencia regresó. Comenzó a abofetearme, tirarme del pelo, escupirme y atacarme verbalmente de nuevo. Me encontré de nuevo en el mismo ciclo del que había estado tratando desesperadamente de escapar. Denuncié los incidentes a las autoridades varias veces. Busqué ayuda. Documenté lo sucedido. Pero cada vez, sentí que las consecuencias recaían principalmente sobre mí. Cada vez que lo denunciaba, tenía que lidiar con las consecuencias. Tenía que preocuparme por las represalias. Tenía que preocuparme por mis hijos. Tenía que preocuparme por si buscar protección realmente nos haría más seguros. Con el tiempo, comencé a perder la esperanza de que el sistema me protegiera. El abuso también afectó todas las demás áreas de mi vida. Tenía oportunidades por las que trabajé muchísimo, pero mantenerlas se volvió casi imposible. Tenía un trabajo en una empresa de software donde enseñaba a estudiantes, algo de lo que estaba orgullosa y que me apasionaba. Trabajé allí durante dos años. Pero él creaba situaciones en las que llegaba tarde, interfería con mi capacidad para mantener mi horario e incluso aparecía en mi lugar de trabajo. Finalmente, después de luchar por mantener todo en orden, perdí ese trabajo. Fue devastador. No solo perdía el empleo, sino también partes del futuro que había estado tratando de construir. Aun así, seguí trabajando. Seguí cuidando a mis hijos. Seguí defendiendo a mi hijo durante sus problemas médicos. Estaba agotada, pero seguí adelante. Porque mis hijos me necesitaban. Para entonces, había pasado años tratando de encontrar una salida. Trabajaba constantemente, ahorraba todo el dinero que podía y trataba de crear algún tipo de seguridad para mis hijos. Sabía que si alguna vez quería irme de verdad, necesitaba un lugar donde pudiéramos estar seguros y estables. Antes de la pandemia, logré ahorrar suficiente dinero para comprar un pequeño apartamento que pertenecía a su madre. Ella ya no lo usaba y accedió a vendérmelo. Pagué aproximadamente cantidad por él y trabajé horas extras para poder hacerlo posible. Invertí mi propio dinero en restaurarlo y convertirlo en un hogar para mis hijos. Para mí, ese apartamento representaba algo mucho más grande que un lugar para vivir. Representaba la independencia. Representaba la posibilidad de que algún día por fin pudiera tener una vida que me perteneciera. Pero la pandemia lo cambió todo. Cuando empezó la COVID, me vi obligada a pasar dos años confinada con la persona de la que había intentado escapar durante años. El aislamiento lo empeoró todo. No había adónde ir, menos gente a la que recurrir y ninguna manera fácil de crear distancia. El maltrato continuó delante de mis hijos. Oían los gritos. Veían las discusiones. Veían a su madre siendo herida y humillada. Como madre, una de las cosas más dolorosas fue ver cuánto les afectaba. Intentaba protegerlos mientras sentía que no tenía salida. Durante este tiempo, llegué a un punto en el que dejé de cuidarme. Dejé de preocuparme por mi aspecto. Dejé de sentirme como la persona que había sido antes. Pero nunca dejé de ser madre. Incluso cuando me sentía destrozada, seguí trabajando. Continué asegurándome de que mi hijo recibiera la atención médica que necesitaba para su epilepsia y autismo. Lo apoyé en la escuela. Lo ayudé a aprender. Lo defendí cuando tenía dificultades. Más tarde, también le diagnosticaron artritis juvenil, lo que añadió otro desafío médico a una vida que ya se sentía abrumadora. Tenía que asumir las responsabilidades de criar a dos hijos, atender sus necesidades médicas, trabajar y sobrevivir al abuso al mismo tiempo. Me sentía ahogada, pero seguía adelante. Durante esos años, intenté repetidamente encontrar ayuda. Me puse en contacto con mi padre. Le mostré pruebas de lo que estaba sucediendo. Le mostré informes policiales. Le pregunté si mis hijos y yo podíamos tener un lugar seguro adonde ir. Pero debido a las complicadas relaciones familiares y circunstancias, no recibí el apoyo que necesitaba en ese momento. Tampoco tenía muchos amigos a quienes recurrir. Los años de aislamiento me habían afectado profundamente. Mucha gente a mi alrededor no entendía la realidad por la que estaba pasando, y sentía que no tenía a dónde ir. Ya había intentado irme antes. Varias veces. Pero cada intento terminaba con él encontrando la manera de volver a mi vida. Sabía cómo convencerme de quedarme. Sabía cómo crear situaciones en las que irme parecía imposible. Sabía que tenía opciones limitadas porque estaba en país , sin mis documentos, sin una red de apoyo sólida y con hijos cuyas vidas estaban ligadas al país. Finalmente, comencé a planear mi escape con más cuidado. Sabía que si intentaba irme sin preparación, podía ponerme a mí y a mis hijos en mayor peligro. Fue entonces cuando el control se intensificó. Empezó a quitarme las cosas que hacían posible irme. Uno de los ejemplos más devastadores fue mi pasaporte. Tomó mi pasaporte de país y lo destruyó. Sin mi pasaporte, mi capacidad para viajar, reemplazar documentos y salir del país se volvió aún más complicada. Mi equipo de trabajo también fue destruido, incluyendo mi computadora portátil, de la que dependía profesionalmente. No eran solo objetos. Eran herramientas que representaban mi independencia. Quitarlas significaba quitarme la capacidad de reconstruir. Me sentía atrapada. Había pasado años tratando de sobrevivir, y llegué a un punto en el que entendí algo claramente: si me quedaba, no sabía si sobreviviría. Había recibido amenazas. Temía lo que pasaría si realmente me iba. Temía lo que él pudiera hacer si sentía que perdía el control. Pero también sabía algo más. Mis hijos me necesitaban viva. Necesitaban que siguiera luchando. Y esa se convirtió en la razón por la que continué. A finales de 2024, supe que estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Durante años, había intentado sobrevivir en una situación en la que me sentía atrapada. Había intentado irme. Había intentado pedir ayuda. Había intentado trabajar más, ahorrar dinero, documentar lo que sucedía y crear un futuro para mis hijos. Pero estaba agotada. Había aprendido que a veces irse no es un momento único. A veces es un largo proceso de preparación silenciosa, esperando la oportunidad más segura e intentando protegerme a mí misma y a mis hijos mientras vivo con alguien que ha demostrado repetidamente que no respetará mis límites. Durante este tiempo, el dinero era otra forma en que me controlaban. Hubo muchas ocasiones en las que se iba durante días, llevándose dinero consigo, dejándome a cargo de los niños y del hogar sin recursos suficientes. Hubo momentos en que tuve que depender de su familia para conseguir comida porque no tenía otra opción. Anteriormente había ayudado a abrir una cuenta de tarjeta de crédito como respaldo porque necesitaba una forma de mantener a mis hijos en esos momentos. Cuando él no estaba y necesitaba comida o artículos de primera necesidad, la usaba y luego la pagaba poco a poco. No la usaba como un lujo. Intentaba asegurarme de que mis hijos tuvieran comida y sus necesidades básicas cubiertas. Cuando descubrió que había estado usando la tarjeta y pagándola a plazos, se convirtió en otra fuente de conflicto y otra situación que terminó en violencia. Tres días después de Navidad de 2024, todo llegó a un punto crítico. Se enfureció muchísimo y decidió echarme de la casa. La casa de la que me obligó a ir era la casa por la que había trabajado. La casa que había pagado. La casa que había restaurado y creado para mis hijos. Metió mi ropa en dos bolsas de basura y las tiró afuera. Luego me obligó a irme. Grabé lo que estaba sucediendo porque sabía que necesitaba documentación. Recuerdo haber dicho repetidamente que me iría, pero que no me iría sin mis hijos. Eso era lo único en lo que no estaba dispuesta a ceder. No me iría y dejaría a mis hijos atrás. Cuando intenté volver a entrar porque mis hijos querían irse conmigo, cerró la puerta de metal y me lastimó el brazo. Fui a la comisaría cercana porque necesitaba ayuda. Expliqué que me estaba impidiendo ver a mis hijos y describí lo sucedido. Pero me dijeron que, como era su padre biológico, no podían hacer nada en ese momento. Me fui devastada. El sistema que esperaba que me protegiera no me estaba brindando la seguridad inmediata que necesitaba. Fue entonces cuando llamé a mi padre. Nuestra relación había sido complicada durante muchos años. Había habido distancia entre nosotros y muchos problemas familiares que habían afectado nuestra relación. Pero durante ese tiempo, seguí preocupada por él. Después de que se separó de su esposa, lo visitaba en secreto cuando podía. Le llevaba comida, le preparaba comidas adicionales y lo cuidaba porque sentía que estaba sufriendo y aislándose. Esta vez, cuando lo llamé y le conté lo sucedido, algo cambió. Por primera vez, pronunció las palabras que tanto necesitaba oír: «Ven aquí. Puedes quedarte aquí». Ese momento cambió mi vida. Me mudé con mi padre y comencé a reconstruir. Trabajé más duro que nunca. Me centré en sanar. Comencé terapia. Mi padre me ayudó a pagar mi primer mes de terapia, lo cual se convirtió en un paso importante para empezar a recuperarme de años de trauma. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Recibí dos ascensos en el trabajo. Comencé a recuperar la confianza en mí misma. Comencé a recordar que no solo era una superviviente. Era una persona con habilidades, sueños, inteligencia y un futuro. Y lo más importante, seguí luchando por mis hijos. Aunque logré crear un entorno más seguro para mí, la situación con mis hijos seguía siendo complicada. Su padre seguía intentando usar las exigencias económicas y el acceso a los niños como una forma de controlarme. Me exigía que le pagara grandes sumas de dinero, incluyendo la manutención infantil y otros gastos. Más tarde, descubrí que algunos de los pagos de los que decía ser responsable en realidad no se estaban realizando. Continué documentándolo todo. Continué luchando. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó. Me pidieron que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera del aula y no había estado participando. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que la escuela sabía que algo andaba mal. Al principio, creyeron que estaba sufriendo por la separación de sus padres. Pero entonces llegó mi hijo. Lloraba desconsoladamente. Estaba abrumado y apenas podía comunicar lo que había sucedido. Finalmente, le dijo al personal de la escuela que su padre lo había pateado en el pecho y que no podía respirar. Para un niño con epilepsia y autismo, el estrés y el trauma extremos pueden tener graves consecuencias. La escuela me dijo que no podían enviar a mis hijos a casa con su padre ese día. Me dijeron que necesitaba obtener la custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que me llevé a mis hijos a casa. Ese día, supe que no podía seguir esperando que las cosas mejoraran. Tenía que protegerlos. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó y me pidió que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera de su aula y no había participado en las clases ese día. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que el personal de la escuela enseguida se dio cuenta de que algo no andaba bien. Al principio, creyeron que podría estar sufriendo emocionalmente debido a la separación de sus padres. Pensaron que tal vez estaba asimilando los cambios que se estaban produciendo en nuestra familia. Pero entonces me hablaron de mi hijo. Mi hijo llegó a la escuela ese día llorando, abrumado e incapaz de calmarse. Debido a su autismo, comunicarse en momentos de estrés extremo puede ser especialmente difícil para él. El personal de la escuela lo llevó a la oficina del director para que pudieran entender lo que estaba pasando. Fue entonces cuando reveló que su padre le había dado una patada en el pecho y que no había podido respirar. Escuchar eso fue devastador. Mi hijo ya vivía con epilepsia y autismo, y yo sabía lo vulnerable que era al estrés y al trauma extremos. Había dedicado años a defender sus necesidades médicas, su educación y su bienestar emocional. La idea de que estuviera experimentando miedo en el lugar donde se suponía que debía estar seguro era insoportable. La escuela me dijo que no podían permitir que mis hijos volvieran con su padre ese día sin tomar medidas adicionales. Me dijeron que necesitaba tomar medidas de custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y que, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que llevé a mis hijos a casa. Ese día, me di cuenta de que ya no podía esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Después de llevar a mis hijos a casa, mi enfoque cambió por completo. Durante años, había estado tratando de sobrevivir mientras protegía a mis hijos. Había dedicado mucho tiempo a intentar evitar que las situaciones empeoraran, a intentar mantener la paz y a intentar encontrar una salida en circunstancias en las que me sentía atrapada. Pero después de lo que sucedió en la escuela, comprendí que algo había cambiado. Esperar a que las cosas mejoraran ya no era una opción. Mis hijos necesitaban estabilidad. Necesitaban seguridad. Necesitaban una madre dispuesta a seguir luchando por ellos. Inmediatamente comencé a tomar medidas para protegerlos legalmente. Reuní la documentación que había acumulado a lo largo de los años, incluyendo informes policiales, mensajes, grabaciones, fotografías y otras pruebas que mostraban la historia de lo sucedido. Aprendí por experiencia dolorosa que decir la verdad no siempre era suficiente. Necesitaba documentación. Necesitaba registros. Necesitaba pruebas que mostraran el patrón de comportamiento y no solo un momento aislado. Durante este tiempo, seguí reconstruyendo mi vida. Después de años de control, aislamiento y de sentirme impotente, poco a poco descubría que era capaz de valerme por mí misma. Tenía un hogar para mis hijos. Tenía trabajo. Contaba con el apoyo de mi padre. Había empezado terapia. Estaba empezando a encontrar a la persona que había sido antes de que años de abuso me arrebataran tanto. Pero el conflicto con su padre no terminó. Incluso después de la separación, siguió encontrando maneras de mantener el control mediante la presión económica, las exigencias relacionadas con los niños y los constantes intentos de interferir en mi vida. Continué documentándolo todo. Quería que el sistema legal comprendiera la situación completa: no solo un evento, sino los años de abuso, intimidación y control que nos habían llevado a ese punto. Entonces la situación se agravó de nuevo. Después de años de abuso, separación y conflicto, su comportamiento se volvió cada vez más aterrador. Durante aproximadamente un mes, sufrí un intenso acoso y persecución. Me sentía vigilada e insegura. Temía que perder el control de la situación lo llevara a intensificar su comportamiento y que estuviera intentando volver a mi vida. Esta vez, me negué a guardar silencio. Guardé mensajes. Conservé pruebas. Documenté lo que estaba sucediendo. Contacté a las autoridades cuando necesité ayuda. Durante años, me pregunté si alguien me creería de verdad. Ya había denunciado abusos antes. Ya había acudido a las autoridades antes. Ya había presentado pruebas antes. Pero cada vez, sentía que me quedaba con las consecuencias de intentar buscar protección. Esta vez, seguí adelante porque mis hijos merecían estar seguros. Finalmente, la situación llegó a los tribunales. Presenté las pruebas que había reunido durante años, junto con las pruebas del acoso y persecución más recientes. El proceso legal fue extremadamente difícil. En un momento dado, el caso estuvo a punto de ser desestimado a pesar de la cantidad de pruebas que había aportado. Me negué a rendirme. Apelé la decisión y seguí luchando para que se escucharan mis preocupaciones. Finalmente, me concedieron una orden de alejamiento total. Ese momento fue significativo para mí. No era solo un documento legal. Era un reconocimiento. Reconocimiento de que lo que había vivido importaba. Reconocimiento de que mi miedo se basaba en hechos reales. Reconocimiento de que tenía derecho a protección. Aunque el resultado no fue exactamente el que esperaba, al fin hubo intervención legal. En lugar de ir a prisión, su familia intervino y lo internaron involuntariamente en un centro psiquiátrico. Si bien no era el resultado que esperaba, el tribunal reconoció que la situación requería una intervención seria y me concedieron protección mediante la orden de alejamiento. Pero incluso con esa protección, mi lucha no había terminado. Porque mis hijos y yo seguíamos en país . Y ya no luchaba solo para escapar del abuso. Luchaba para traer a mis hijos a casa. Durante este nuevo capítulo de mi vida, conocí a mi marido. Él entró en mi vida después de que yo ya hubiera sobrevivido a años de abuso, aislamiento y miedo. Vio por lo que había pasado y me apoyó mientras me reconstruía y luchaba por mis hijos. Por primera vez en muchos años, experimenté lo que se siente tener a alguien a mi lado que me cree, me apoya y desea un futuro seguro para mis hijos y para mí. Ahora nos espera en estado mientras seguimos lidiando con el proceso legal que nos separa de estar juntos como familia. Mi sueño siempre ha sido simple: un hogar seguro. Una vida estable. Un futuro donde mis hijos puedan crecer sin miedo. Pero debido a que nuestra situación trasciende fronteras internacionales, el proceso es complicado. Mi hijo tiene la posibilidad de obtener la ciudadanía de país a través de su conexión con país mediante el proceso legal correspondiente. La situación de mi hija es más complicada porque es ciudadana de país , y traerla a país requiere cumplir con requisitos legales adicionales. Así que, incluso después de escapar del peligro inmediato, la batalla continuó. Escapé de la relación. Sobreviví al abuso. Pero sigo luchando para que mis hijos regresen a casa.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇳🇿

    Sanar es descubrir que nunca me fui. Estaba escondida y esconderme ya no me mantiene a salvo.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇬🇧

    Termina conmigo ❤️

    Después de ver "It Ends With Us", sentí que quería compartir mi historia. Vi la película sola la primera vez, llevé a mi Atlas a la segunda y a mi mejor amiga a la tercera. Verla me dio la fuerza para compartir anónimamente mi historia de abuso y violencia. La película y el libro me evocaron muchas emociones crudas, emociones con las que aún lucho hoy. Mi historia comenzó cuando tenía 16 años y estaba con mi primer "amor". Al principio todo iba bien, pero de repente todo cambió. Me decían constantemente lo inútil que era, me empujaron por las escaleras, pero no me iba, y no sabía por qué. Era controlador y no le gustaba que la gente me hablara, hacía todo lo posible para evitarlo y se aseguraba de que mis amigos no me vieran, personas a las que consideraba una amenaza. Acabé en el hospital por su culpa, donde me rompió la mano. Una vez se enojó mucho conmigo. Estábamos en su auto y, justo antes de que pudiera cerrar la puerta y ponerme el cinturón de seguridad, empezó a conducir imprudentemente para asustarme. Lo que más me asustó fue cuando dormía y sentía sus manos alrededor de mi garganta, sin ninguna explicación. Muchas veces le decía que parara y él seguía adelante porque me decía que él tenía el control. Me apagaron cigarrillos varias veces, y me dijeron que era asquerosa y que parecía una zorra, incluso que estaba "gorda", lo que me llevó a más problemas de salud. Cuando terminé con un moretón, mi amigo, que ahora es mi Atlas, se dio cuenta; trabajamos juntos. Me confiné en él, y él fue la primera persona que me escuchó atentamente y me permitió compartir mis experiencias. Durante todo esto, me causó una ansiedad y depresión abrumadoras, e incluso tuve que ir a terapia porque para mí era una pesadilla incluso cuando había terminado, y lo conté varias veces. Mis padres nunca lo entendieron; me preguntaban por qué no me iba, diciéndome que debía haber querido que continuara. No lo hice. Casi 10 años después, con mi Atlas de 5 años, me siento más feliz y mejor física y mentalmente; todavía me estoy recuperando. Esta película me hizo llorar y me identifiqué muchísimo con Lily Bloom; algunas cosas me recordaron a mis experiencias, pero también me trajo una sensación de libertad y felicidad. Gracias por permitirme compartir mi historia.

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  • “Para mí, sanar significa que todas estas cosas que sucedieron no tienen por qué definirme”.

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇬🇧

    “Toda víctima debería tener la oportunidad de convertirse en superviviente”.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Sobreviviente de abuso sexual de 12 años en Virginia Occidental, verano de 1979.

    En el verano de fecha yo tenía 12 años mamá, papá y yo fuimos a ciudad por una semana para ver a mis abuelos porque estaba de vacaciones de verano de la escuela y estábamos haciendo una barbacoa cuando parientes del lado de la familia de mi abuela vinieron a verla, se hospedaron en el Ramada Inn, cerca de la casa de mis abuelos, cuando sucedió, después de la cena me disculpé de la mesa para poder estirar las piernas y comencé a ir al bosque para ver los ciervos que no estaban lejos de la casa de mis abuelos, cuando Lee vino detrás de mí y me tomó del brazo más adentro del bosque para que nadie pudiera ver lo que estaba a punto de suceder, me hizo desnudarme y tocó mi cuerpo desnudo, incluyendo mi pene y mis genitales y me dijo que así es como la gente tiene sexo, luego se bajó los pantalones y los calzoncillos y me hizo sentir su pene y me hizo intentar tragarlo y me amenazó diciendo que no les contara esto a tus padres o abuelos o diría que estabas mintiendo sobre ello, así que Nunca dije nada al respecto, luego al día siguiente me encontró detrás de la casa mirando colina abajo los camiones de 18 ruedas que pasaban por la interestatal y me llevó al sótano me obligó a quitarme la ropa y luego me obligó a masturbarme bueno, fue bueno que me contuve de eyacular esperma porque el piso del sótano era de tierra y si mi abuela me hubiera preguntado por qué el piso estaba mojado, habría tenido que decirle porque nunca podría mentirle a mi abuela debido a nuestro vínculo especial entre abuela y nieto, así que una vez que me vestí de nuevo caminé esparciendo tierra por donde estaban mis pies descalzos de esta manera ella no tenía idea de lo que había pasado, hasta el día de hoy desearía haberles dicho porque entonces ese bastardo habría muerto en la cárcel pero desde entonces falleció de una muerte muy dolorosa así que nunca más tengo que preocuparme por él.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    La sanación es aceptación, perdón y la capacidad de seguir adelante.

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  • “Sanar significa perdonarme a mí mismo por todas las cosas que pude haber hecho mal en el momento”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    #1428

    Durante años, pensé que había escapado de los horrores de mi infancia. El abuso manifiesto de mi padre era una tormenta: ruidosa, furiosa, imposible de ignorar. Así que cuando lo conocí, a ese hombre que parecía tan diferente, pensé que por fin había encontrado seguridad. No era mi padre. No gritaba ni alzaba la mano a cada rato. Al principio, era amable, incluso encantador. Pensé que todo era maravilloso. Pero con el tiempo, empezaron a aparecer las grietas. Los días fríos y distantes en los que me sentía como una molestia. Las indirectas sutiles y los comentarios solapados que no llegaban a ser maltrato, pero sí a hacerme dudar de mí misma. Me quedaba despierta por la noche, llorando, incapaz de entender por qué me sentía tan ansiosa y estresada. Me decía a mí misma que no era para tanto. Al fin y al cabo, no era mi padre. Sin embargo, en el fondo, lo sabía. Sabía que podía hacerme daño si alguna vez lo presionaba demasiado, y ese miedo me controlaba. Con el paso de los años, la manipulación emocional evolucionó hacia algo mucho más oscuro. Lo que empezó como control se convirtió en abuso sexual. Al principio, no lo vi como lo que era; tal vez no quería verlo. Me aferré a la idea de que las cosas mejorarían, de que podría arreglarlo, de que no era tan malo como parecía. Pero la progresión era innegable. Ya no podía mirar hacia otro lado. Cuando terminó, me encontré en una comisaría, esperando justicia, esperando que alguien finalmente me defendiera. Pero no se hizo nada. Nada. Salí de la comisaría sin una resolución real, pero salí. Ese fue el día en que decidí empezar de nuevo. La sanación no fue inmediata. Sigue siendo un proceso diario. Pero ahora puedo elegir cómo son mis días. Ya no guardo silencio. Ya no me escondo. La máscara que usé durante años se ha caído, y hablo abiertamente sobre lo que soporté, no porque sea fácil, sino porque alguien necesita escucharlo. Alguien ahí fuera necesita saber que no está solo, que su matrimonio aparentemente perfecto puede no ser tan perfecto, y que merece algo mejor. Convertí mi historia en un libro, Book Title. No es solo una historia sobre abuso; es un llamado a reconocer las señales sutiles, a cuestionar el sistema que tan a menudo falla a las víctimas y a desafiar la forma en que la sociedad minimiza nuestro dolor. Sé lo difícil que es levantarse, pero también sé que es posible. Si te encuentras en esa oscuridad, recuerda esto: tú también puedes levantarte. Sanar no es fácil, pero vale la pena. Y cada día tienes el poder de elegir una vida mejor. Porque yo sigo levantándome. Y tú también puedes.

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    Camino ventoso hacia la curación

    Durante años me cuestioné qué estaba haciendo mal y cómo alguien que me amaba podía sentirse tan cómodo haciéndome daño. Pero no me golpeaban, así que nunca lo vi como violencia doméstica ni como una víctima. En diferentes relaciones, fue una puerta giratoria, pero no me golpeaban, así que no fui una víctima. Hasta mi última relación. En tres años y medio, me puso las manos encima una vez, pero si lo hubiera dejado ir, no lo habría hecho. Durante mucho tiempo, me metió en la cabeza que yo era el problema. Los buenos momentos fueron realmente buenos, así que pasé por alto los malos porque lo amaba más de lo que me amaba a mí misma en ese momento. La forma en que amaba a mis hijos (que no eran suyos) también me mantuvo a su lado mucho más tiempo del que debía. Planeé una vida con él en mi cabeza porque estaba ayudando a criar a niños que no eran suyos, así que debe ser un hombre increíble para asumir el papel, hasta que empezó a fallar. Entonces me di cuenta de que mi infelicidad con él estaba lastimando a mis hijos más de lo que creía. Me hizo creer que era tan "mentalmente inestable" que nadie me querría jamás y que estar a dos metros de profundidad en una tumba era la única manera de alejarme de él. Entonces me fui y estaba tan orgullosa de mí misma. Empecé a hacer terapia intensiva y a trabajar en mí misma, y entonces los pensamientos que me había metido en la cabeza volvieron. "Nadie podría amarte jamás como yo, porque estuve ahí para ti en tu peor momento". Rompí la prohibición de contacto y lo dejé entrar. Al principio todo iba bien, pero luego me restregaba el pasado en la cara y me decía cuánto me odiaba, y el ciclo de abuso verbal y psicológico volvía a empezar. Pero esta vez, lo entendí mejor. Descubrí el abuso psicológico y físico, investigué, estuve en grupos y estaba aprendiendo a amarme de nuevo. Tenía límites por primera vez en mucho tiempo. Y luego me enteré de que me había engañado un año antes, mientras vivía en mi casa, y el verano de la espiral descendente había comenzado. Lo bloqueé de nuevo y estaba tan deprimida que empecé a ahogarme con alcohol. Sentí que se me rompía el corazón al ver que este hombre había pasado tanto tiempo acusándome de engaño mientras trabajaba para mantener a mis hijos, solo para que él se diera la vuelta y me lo hiciera a mí. Casi lo pierdo todo y tuve que perder uno de mis trabajos para finalmente volver al buen camino. Dejé de beber por un tiempo, encontré un mejor trabajo, pasé más tiempo con mis hijos y comencé a reevaluar lo que me hacía feliz en la vida. Redescubrí mis límites saludables, estaba trabajando más, estaba riendo de nuevo y en general, lo decía en serio. Empecé a hablar con mis amigos sobre mis sentimientos y dónde estaba en la vida. Durante un año, las cosas iban mejor (siempre va a haber altibajos, pero era mejor). Y luego llegó el año de bloqueo y cedí y lo desbloqueé en su cumpleaños. Al principio fue por mezquindad, y luego descubrí que estaba saliendo con alguien. Hice como si no supiera nada, quedamos un par de veces y luego el viejo él volvió a aparecer, pero esta vez, estaba en un mejor lugar y sabía qué aceptar y qué corregir. Finalmente vi que su presencia en mi vida no era buena para mí mentalmente y por mucho que extrañe al él que fingía ser cuando nos conocimos, estoy aprendiendo a lamentar a la persona que nunca existió. Ya no quiero llamarlo por cada pequeña cosa (buena o mala). Ya no tiene acceso a mí ni a la vida de mis hijos y amo la mujer fuerte e independiente en la que me estoy convirtiendo. Estoy tan orgullosa de las cicatrices que estoy sanando y reconociendo que soy humana y que voy a tener días débiles en los que podría querer enviarle un mensaje y lo estoy tomando un día a la vez. Pasar de planificar un futuro y una vida con alguien que creías que era esa persona a lamentar a alguien que nunca existió en realidad es algo que la mayoría de la gente nunca entenderá (y espero que ellos tampoco lo entiendan nunca). Algunos días son más fáciles que otros, y está bien perderse, siempre y cuando encuentres el camino de vuelta. Soy fuerte porque no tengo otra opción, pero estoy aprendiendo que está bien tener días débiles y que no siempre tengo que ser tan fuerte. Llorar, gritar y golpear una almohada son formas saludables de desahogarme.

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  • La sanación no es lineal. Es diferente para cada persona. Es importante que seamos pacientes con nosotros mismos cuando surjan contratiempos en nuestro proceso. Perdónate por todo lo que pueda salir mal en el camino.

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    Mi camino del dolor al propósito - nombre

    Como hombre que sufrió abusos y vio cómo mi madre y mi hermana los sufrían conmigo, esta es mi historia. La he convertido en un libro llamado Nombre del libro que se publicará en 2025, con la esperanza de que mi historia ayude a otros que han guardado silencio a hablar y denunciar. Crecí en la década de 1960 en Ciudad , y el temperamento explosivo de mi padre dominaba nuestra casa como una tormenta que nunca cesaba. Sus palizas eran un ritual: impredecibles pero inevitables. Su cinturón era su arma predilecta, y yo era el objetivo. Primero venía el ataque verbal. "¡No vales nada!", gritaba, escupiendo sus palabras venenosas antes de descargar el cinturón sobre mí. El chasquido del cuero contra mi piel era afilado, pero lo que más me dolía era el miedo que me invadía a cada instante. Sus ataques eran brutales e implacables, y aprendí rápidamente que llorar solo empeoraba las cosas. Desarrollé un mantra para sobrevivir: «No estoy loca; él sí». Grabé esas palabras en la pared debajo de mi cama y me aferré a ellas como a un salvavidas, aferrándome a la idea de que esta locura no era culpa mía. Pero ningún mantra podía protegerme del dolor ni de las cicatrices que dejaba cada paliza. Mi cuerpo se llenaba de moretones y marcas, y las llevé conmigo hasta la edad adulta, ocultas bajo capas de ropa y sonrisas fingidas. Cuando tenía seis años, un momento de curiosidad casi me mata. Estaba jugando afuera, tirando palos al barril en llamas de un vecino, cuando una chispa cayó sobre mi chaqueta de nailon. En segundos, me vi envuelta en llamas. Mientras gritaba y corría, con la espalda ardiendo, un vecino me derribó en la nieve, salvándome la vida. En el hospital, mientras los médicos trabajaban para curar mis quemaduras de tercer grado, el miedo a mi padre eclipsaba el dolor. Cuando volví a casa, todavía cubierta de vendas, la violencia de mi padre continuaba. Me abofeteó por no asistir a la fiesta que había organizado para mi regreso a casa. El mensaje era claro: ningún sufrimiento me granjearía su compasión. Su crueldad era implacable, y me di cuenta de que casi morir no había cambiado nada. Mientras las cicatrices físicas del incendio sanaban, las emocionales se agravaban. Vivía con miedo constante, sin saber cuándo llegaría la próxima paliza. Sus pasos me helaban la sangre, cada paso un recordatorio de que nunca estaba a salvo. Incluso después de su muerte en año su influencia seguía presente. Sentí alivio al saber que se había ido, pero el dolor y la ira no resueltos permanecieron. Intenté reinventarme en la universidad, volcándome en los estudios y el trabajo. Estaba decidida a escapar del trauma, pero por mucho que huyera, me seguía. La violencia que experimenté de niña pronto se convirtió en violencia que me infligía a mí misma. En mis veinte, la bulimia se convirtió en mi forma de afrontarlo. Comía compulsivamente y luego vomitaba, como si el vómito pudiera expulsar el dolor que había cargado durante tanto tiempo. Era un ritual retorcido de control, y sin embargo, no tenía ningún control. Después, me desplomaba, agotada, pero con la mente aún atormentada por recuerdos de los que no podía escapar. Cada ciclo prometía alivio, pero nunca duraba. El ejercicio obsesivo se convirtió en otra vía de escape. Pasaba horas en el gimnasio, llevando mi cuerpo al límite, creyendo que si lograba perfeccionar mi apariencia, de alguna manera podría reparar la herida interior. Desarrollé músculos para protegerme, pero el espejo siempre reflejaba la verdad: ojos vacíos que me devolvían la mirada, el vacío siempre presente. Incluso mientras ascendía en mi carrera, convirtiéndome en ejecutiva corporativa, la persistente duda sobre mí misma seguía ahí. Tenía éxito, pero el éxito no sanaba las heridas que mi padre me había dejado. También buscaba consuelo en desconocidos. Los encuentros fugaces se convirtieron en una forma de llenar el vacío interior, ofreciendo un escape temporal del dolor implacable. Pero después de cada encuentro, el vacío regresaba, más intenso que antes. Ni correr, ni levantar pesas, ni el sexo podían llenar el enorme vacío en mi corazón. Me estaba adormeciendo, no viviendo. No fue hasta que busqué terapia que comencé a enfrentar los traumas que había enterrado tan profundamente. Mi primer terapeuta me sugirió escribir cartas a mis padres, pero no pude hacerlo. Necesité encontrar al terapeuta adecuado, alguien que me impulsara a ir más allá de la superficie, para finalmente comenzar el proceso de sanación. Poco a poco, fui desentrañando las capas de dolor, enfrentando no solo el abuso de mi padre, sino también el daño autoinfligido que me había impuesto durante años. Mi esposa, nombre se convirtió en mi mayor apoyo, ayudándome a desvelar las capas y a enfrentar la oscuridad que había ocultado durante tanto tiempo. Juntos, construimos una vida de amor y conexión, pero incluso en esos momentos más felices, las sombras de mi pasado nunca me abandonaron. Cuando mi madre falleció en fecha , encontré la paz en nuestra compleja relación. El perdón, tanto para ella como para mí, se convirtió en una parte esencial de mi sanación. Hoy, uso mi historia para animar a otros a hablar y romper el silencio en torno al abuso. El dolor que sufrí no fue en vano. Creo que nuestro pasado puede alimentar nuestro propósito y que, en última instancia, nuestro dolor puede convertirse en nuestra fuerza.

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    De la supervivencia a la seguridad

    Hola, Nombre , soy una sobreviviente de violencia doméstica que se comunica conmigo con la esperanza de compartir mi historia para crear conciencia y ayudar a proteger a otras mujeres y niños. Después de sufrir violencia doméstica severa y el secuestro de mis hijos y yo, finalmente vi justicia cuando el acusado en mi caso fue declarado culpable y sentenciado a 60 años de prisión. Si bien esa condena trajo responsabilidad, no terminó con el impacto del abuso en mi vida ni en la de mis hijos. La violencia que sobrevivimos lo cambió todo. Mis hijos presenciaron un trauma que ningún niño debería experimentar, y nos vimos obligados a dejar nuestro hogar y todo lo que nos era familiar para empezar de cero y estar a salvo. Las secuelas del abuso han afectado nuestro bienestar emocional, nuestra estabilidad y nuestra capacidad para reconstruir una sensación de normalidad. Comparto mi historia no para obtener lástima, sino para crear conciencia sobre la realidad de la violencia doméstica, especialmente cómo afecta a los niños mucho después de que terminan los juicios. Las sobrevivientes a menudo se van sin nada, y reconstruir requiere apoyo, seguridad y recursos. Enlace Si les interesa, estoy dispuesta a hablar abierta y honestamente sobre lo que vivimos, el proceso legal y cómo es la vida después de sobrevivir. Espero que al contar nuestra historia podamos ayudar a salvar vidas y crear conciencia sobre la importancia de proteger a las mujeres y los niños. Gracias por su tiempo y por el trabajo que realizan al sacar a la luz historias importantes.

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    La historia de Nombre

    A los 19 años y lejos de casa por primera vez… pensé que estaba enamorada. Me casé con alguien a quien apenas conocía. Lo conocí en el entrenamiento militar y nos destinaron a la misma ciudad. Yo quería casarme, pero él no, así que terminamos en el juzgado de paz. Esta fue una de las primeras cosas que hice para ceder. Poco después de casarnos, empezó a revelarse su verdadera naturaleza. Poco a poco, me aislé, me alejaron de todos mis amigos y familiares. No podía hacer nada bien. Todo era culpa mía. Por mucho que lo intentara, nunca era suficiente. Me obligaba a ver pornografía y a hacer cosas sexuales sin mi consentimiento. Sí, un cónyuge puede violar a su pareja. Me insultaban de todo, se burlaban, me menospreciaban, me insultaban y cosas peores. Casi siempre era a puerta cerrada; sin embargo, algunas cosas ocurrían en público. Solo salíamos con mis amigos y familiares cuando él quería dar un espectáculo. En una ocasión, trajo a su "amiga" a vivir con nosotros porque no tenía adónde ir. Tras ser diagnosticado con una ETS, supe que ella era una de las muchas mujeres con las que me había engañado. Era su amante en toda la extensión de la palabra. En algún momento perdí mi identidad y empecé a creer que era exactamente quien él decía ser: inútil, fea y nada. Vivía en la niebla. No podía comprender mis sentimientos ni mis pensamientos. No tenía ni idea de qué hacer para complacerlo, porque por mucho que intentara hacer lo que creía que él quería, nunca estaba bien. Intenté suicidarme, lo cual sorprendió a mi familia, amigos y compañeros de trabajo, porque nunca dije una palabra. Había logrado sonreír y siempre ayudar a los demás durante la jornada laboral. Nadie sabía del abuso verbal, emocional o sexual que sufrí en casa. Después de mi intento de suicidio, mi familia y los pocos amigos que aún me apoyaban intentaron que me fuera. Me negué. Insistía en que eso podría hacer que mi matrimonio funcionara. Si tan solo me esforzara más. Si tan solo fuera la persona que él quería que fuera. Entonces, de repente, lo arrestaron, lo sometieron a consejo de guerra y lo enviaron a una prisión militar (por asuntos ajenos al matrimonio). Aun así, intenté que las cosas funcionaran. Iba a visitarlo a la cárcel, cuidaba de la casa, pagaba las cuentas y trataba de ser una "buena esposa". Un día me llamó para pedirle cosas que quería. Cuando le dije que no había comprado lo que me había pedido porque buscaba un trabajo a tiempo parcial para pagar las cuentas (teníamos una deuda enorme por su culpa), me llamó "poco fiable". Fue en ese momento que finalmente comprendí que merecía más. Grité al teléfono: "¡Tienes razón! ¡Soy poco fiable!" y colgué. Entonces me quité los anillos de compromiso y de boda y los tiré por la sala a la cocina, donde quedaron debajo de la lavadora y la secadora. Al día siguiente contacté con un abogado y en pocas semanas nos divorciamos. Llevábamos un año y cuatro meses casados y un año y nueve meses de conocernos. En menos de dos años, este hombre me había destrozado tanto que ya no sabía quién era y me impedía hacer nuevos amigos en mi destino. Los únicos amigos que tenía en ese momento eran algunos viejos amigos del instituto a los que no veía a menudo, pero que se negaban a que los alejaran. Sus acciones me sumieron en una depresión tan profunda que pensé que la única solución (o salida) era quitarme la vida. Durante mi primer matrimonio, tuve un amigo que le dijo a mi exmarido que se alejara y que seguiría siendo mi amigo pase lo que pase. Cumplió su palabra y siempre estuvo ahí para mí durante mi matrimonio. Cuando le dije que me iba a divorciar, se tomó una licencia y vino a pasar una semana conmigo para poder estar en el juzgado durante la audiencia de divorcio. Dos años y siete meses después, este amigo y yo nos casamos. Al igual que mi primer marido, también lo conocí en un entrenamiento militar. Toda nuestra relación había sido a distancia, salvo los pocos meses de entrenamiento militar y esa semana durante mi divorcio. Pasamos el primer año de matrimonio separados, esperando que el ejército nos asignara juntos. Nos embarazamos el primer fin de semana que por fin vivimos juntos. Una vez que empezamos a vivir juntos, su verdadera personalidad se manifestó rápidamente. Siempre estaba en la computadora por culpa de los videojuegos o la pornografía. No se molestaba en ayudar si estaba en la computadora. Gritaba cuando no estaba contento. Lo llamé para decirle que estaba de parto prematuro y no vino al hospital. Una vez que nació el bebé, le pedí ayuda, pero no se molestó porque estaba ocupado. Con el tiempo, los gritos, la ley del hielo, los insultos, la falta de ayuda en casa y el simple hecho de ignorarme solo empeoraron. Luego lo desplegaron. Descubrí que tenía al menos una aventura en línea y decía todo tipo de cosas odiosas y desagradables sobre mí. Lo confronté y actuó como si no fuera para tanto. Yo lo sentí diferente. Para mí sí era importante, así que me fui. Pedí el divorcio. Pasó meses hablándome dulcemente hasta que, tontamente, volví con él. Para entonces, ambos habíamos salido del ejército. Compramos una casa y él estudiaba. Yo trabajaba a tiempo completo, intentaba ir a la escuela y me encargaba de la casa y de nuestro hijo. Él seguía sin ayudarme en nada. Tenía que pagar la guardería porque nuestro hijo lo molestaba mientras hacía las tareas. Los insultos, la ley del hielo y la ignorancia solo empeoraban. Me di cuenta de que castigaba a nuestro hijo de maneras inapropiadas para un niño pequeño y esperaba cosas que superaban su capacidad. Empecé a tener ataques de pánico al entrar al garaje después del trabajo porque no sabía qué personalidad me encontraría al entrar en casa: el Sr. Feliz o el Sr. Enfadado. Su comportamiento después de mudarnos juntos no coincidía con el del amigo que me apoyó durante mi primer matrimonio; había cambiado, ¿o sí? Dejó de decirme cuánto me quería y cuánto me necesitaba, y empezó a denigrarme o a no hablarme en absoluto. Había llegado a ese punto tan familiar en el que estaba de nuevo en la niebla, sin saber qué hacer, porque todo lo que hacía estaba mal... a menos que él quisiera algo. Sentía que andaba con pies de plomo en casa todo el tiempo. Recuerdo que un día me dijo algo en una tienda y una mujer me miró fijamente... su mirada decía: "Cariño, solo dime una palabra y te ayudaré a escapar". Aparté la mirada rápidamente. La gota que colmó el vaso fue llegar a casa del trabajo un día y encontrar a mi hijo, normalmente muy activo, sentado y quieto en el sofá. Cuando le pregunté qué le pasaba, mi hijo dijo: "Papá me dio una bofetada en ambas mejillas por jugar con el perro en el barro". Lo confronté y le dije que tenía tres opciones: buscar ayuda, irse o llamar a la policía. Decidió irse y culparme por haberlo dejado "pobre y sin hogar". Siete meses después de separarnos, nos divorciamos. Llevábamos ocho años y diez meses casados. Llevábamos diez años y siete meses conociéndonos. Pasó de ser uno de mis mejores amigos a un completo desconocido que me dejó aún más vacía y rota que mi primer marido. Es difícil describir con palabras la lenta forma en que ambos individuos lograron reducirme a la nada, hasta el punto de sentir que no me quedaba nada por lo que vivir. A diferencia de mi primer matrimonio, el segundo no fue solo yo. Tuve que proteger a mi hijo. Ambos usaron el abuso verbal y emocional para controlarme poco a poco y hacerme sentir insignificante, cuestionar mi cordura y hacerme creer que era una completa idiota y una fracasada. Uno usó el sexo como arma para su placer y otro retuvo cualquier tipo de contacto, sabiendo que es uno de mis lenguajes del amor. Ambos podían ser amables cuando les convenía para quedar bien o para conseguir lo que querían. Gracias a ambos individuos, ahora sé que el gaslighting, el bombardeo amoroso, los monos voladores, la triangulación, la proyección, las amenazas (ambos amenazaron con matarme), la conexión traumática y más, son parte del manual de un narcisista. No era yo la que estaba loca o no valía nada. Usaron estas herramientas para conseguir lo que querían y luego me dejaron de lado cuando ya no me necesitaban. Ahora que sé lo que significan estas acciones y términos, he podido aprender a reconocer las señales, sanar del trauma y llegar al punto de poder compartir mi historia de supervivencia. No tenía ni idea de quién era, qué me gustaba, cómo vivir una vida feliz ni cómo ser fuerte. Podía dar una buena impresión al mundo exterior, o eso creía. Desde entonces, he aprendido que mi familia y amigos cercanos se daban cuenta de que algo andaba mal. Oraban por mí y me apoyaron cuando finalmente pedí ayuda. Al reflexionar sobre ambos matrimonios, veo la mano de Dios en ellos y sé que es gracias a Él que sigo aquí para contar mi historia. Mi primer exmarido me sorprendió con las pastillas en la mano y una cuchilla de afeitar en la muñeca. A pesar de todo lo malo que me hizo, Dios lo usó para salvarme la vida al permitir que entrara en ese preciso momento. Me denunció al ejército pensando que me metería en problemas, pero en cambio salvó mi carrera y mi vida. Su encarcelamiento me permitió escapar. Durante mi segundo matrimonio, puedo decir honestamente que la única razón por la que pude escapar fue un verdadero milagro. Creo que las oraciones de mis seres queridos fueron respondidas, dándome una fuerza que solo venía de Dios, permitiéndome enfrentarlo y darle esas tres opciones después de que abofeteara a nuestro hijo. ¿Cómo escapé y recuperé mi espíritu? ¿Cómo me reencontré y me volví feliz, fuerte, extrovertida, valiente, firme y consciente de mi propio valor? Lo logré gracias a la misericordia, el perdón y el amor de Dios. He dedicado horas a la oración y al estudio bíblico. He asistido a terapia cristiana. He compartido mi historia con otros. Ha sido un largo camino hacia la recuperación, pero ahora sé que soy hija de Dios y valgo más que lo que esas dos personas me hicieron. Nunca volveré a conformarme. Nunca te conformes con menos de lo que vales. Vales más que todos los rubíes y diamantes del mundo. Eres su hijo. Eres amado. Eres hermoso. Eres fuerte. Tú puedes. Sobrevivirás.

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  • Todos tenemos la capacidad de ser aliados y apoyar a los sobrevivientes en nuestras vidas.

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    Escucho música inspiradora, y las bandas que escucho me dan esperanza y fuerza.

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    #1842

    Tenía 6 años la primera vez que me violaron. Duró casi una década. Lo peor del incesto es el acceso que el perpetrador tiene sobre ti. No puedes escapar y por eso siempre vives aterrorizada. Cuando tenía 7 años, un grupo de adolescentes me violaron en grupo. Fue increíblemente violento y aterrador. Recuerdo estar sentada afuera después de que finalmente me desataran. Tenía miedo de ir a casa porque no quería que mi abusador descubriera que su "propiedad" había sido utilizada por otra persona, pero no podía pensar en una sola persona a la que acudir, así que no se lo conté a nadie durante otros 30 años. A los 8 años, un vecino abusó de mí. Durante estos abusos externos, seguían violandome en casa. Eso terminó cuando tenía 13 años. Los siguientes 3 años fueron algunos de mis años más felices. ¡Finalmente no estaba siendo abusada! Durante ese tiempo, el TEPT me hizo desarrollar una afección cardíaca y un trastorno alimenticio, ¡pero me sentí libre! Todo cambió cuando tenía 16 años y conocí a mi primer novio. Empezó a abusar sexualmente de mí a los pocos meses de empezar nuestra relación. Se fue a una misión SUD y pasó la misión acosándome a distancia. Empecé a salir con otro chico que abusaba emocionalmente. El siguiente novio me abofeteaba y me decía lo estúpida que era. Simplemente no podía hacerlo bien. Entonces conocí a mi marido. Me casé con él a los 19 años. Es amable y tierno conmigo y sentí que por fin había encontrado seguridad... Luego su hermano empezó a acosarme sexualmente. Esto ocurrió durante años. Finalmente, me agredió sexualmente. Le dije a mi marido a todo el mundo que pasaría. Nunca hizo nada para ayudarme. Llevaba 13 años viendo a mi terapeuta cuando empezó a coquetear. Se estaba divorciando de su esposa, de quien luego descubrí que era paciente suya. Salí de esa situación rápidamente. Tenía unos 30 años y estaba haciendo un posgrado para convertirme en terapeuta cuando ocurrió la siguiente agresión sexual. Era un amigo de la familia de unos sesenta años. Un día me dijo que estaba muy enfermo y quería que me pasara a verlo. Fui a su casa a ver cómo estaba y me encerró en su habitación y me agredió sexualmente. Después, me amenazó con demandarme y amenazó con la carrera de mi esposo, ya que conocía a su jefe. Tenía mucho miedo y sentía que necesitaba una semana de estudios para recomponerme. Les expliqué a mis profesores lo sucedido. Uno de ellos reenvió mi correo electrónico a la administración de la universidad, quienes intentaron obligarme a dejar el programa. Me dijeron: "Como sufriste una agresión, ya no podemos apoyarte en nuestro programa". Solo un recordatorio: ¡este era un programa de posgrado para convertirme en terapeuta! ¡Era una trampa que intentaran despacharme, culpándome de la agresión! Cuando intenté oponerme, me amenazaron con destituirme de la universidad. Al final, gané y me convertí en terapeuta. En ese momento de mi vida, había experimentado muchísimo abuso, violación, violencia y trauma, pero logré mantenerme firme. Me convertí en madre, obtuve tres títulos universitarios, trabajé en muchos empleos y ayudé a mi esposo a administrar un negocio que empecé por mi cuenta. No me di cuenta de que todo lo que había pasado me iba a golpear como un tren de carga. Estaba preocupada en un hospital como terapeuta, cofacilitando un grupo de pacientes ambulatorios cuando uno de mis clientes decidió que iba a matarme a mí, a los demás clientes del grupo y a sí mismo cometiendo un tiroteo masivo. Este cliente le contó a alguien sus planes y nos avisaron la mañana siguiente. Los administradores del hospital y la policía me obligaron a quedarme en la oficina donde la persona iba a venir durante dos horas. El equipo SWAT la localizó a pocas cuadras del hospital con un arsenal de armas. Después de eso, perdí la compostura. Mi cuerpo empezó a ceder. Mis problemas de salud mental empeoraron mucho. Ya no podía funcionar. Empecé a ver a otra terapeuta. Era muy amable y cariñosa conmigo. La adoraba y sentía que empezaba a sanar algunas de las heridas que llevaba décadas supurando. Era ella quien iniciaba el contacto físico. Toda mi vida he tenido miedo de que me tocaran, así que cuando ella empezaba a tocarme, me daba miedo. Era algo muy inocente: abrazos o una palmadita en el brazo. Empezó a resultarme tranquilizador y reconfortante. Luego empezó a enfadarse conmigo. Le contaba que le había escrito a una amiga con la que no quería que hablara o que quería cambiarme de peinado. Me reprendía durante el resto de la sesión, haciéndome sentir mal por haber dicho algo incorrecto. Luego, en la siguiente sesión, me bombardeaba con su amor. Era embriagador. Esto duró años. Llegó al punto de que siempre me tocaba. Me tocaba incluso cuando yo no quería que me tocara. ¡Era increíblemente inapropiado! Cuando se enfadaba conmigo, lo cual ocurría a menudo, me exigía que me disculpara profusamente. Me poseía. Me destrozaba por completo. Me aisló de mis amigos y mi familia. Estaba tan deprimida, ansiosa y confundida. Le creí, que era una basura. El año pasado, me puse muy enferma y cuando le dije que iría a una clínica a buscar ayuda, se enojó. Llena de celos, me atacó. Algo dentro de mí encontró la fuerza para alejarse. Fue hace un año este mes que la vi por última vez. Siento que no soy nada. Actualmente estoy casi postrada en cama, incapaz de salir de la seguridad de mi habitación, incapaz de interactuar con otros humanos, completamente aterrorizada de vivir una vida significativa. Tengo tanto miedo. Ojalá pudiera decir que encontré mi camino y me estoy recuperando, pero la verdad es que he experimentado demasiado. No sé si alguna vez me encontraré a mí misma de nuevo. Algunas heridas son demasiado profundas para sanar. Mi cuerpo se está desmoronando. Mi mente está destruida. No sé si hay esperanza. Gracias por leer mi historia. Significa más para mí de lo que jamás podré expresar.

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  • “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

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    #784

    Fuimos juntos a la preparatoria, al baile de graduación, etc. Mi primer amor. Nueve años después de graduarnos de la preparatoria, nos reencontramos en una boda y nos casamos menos de un año después. Me gustó nuestra conexión de la infancia y cómo a él le gustaba arreglar las cosas. Todos decían que "estaba destinado a ser". Pero había muchas señales de alerta. Abusó de mí en todos los sentidos. Mentalmente, socavando mis sueños y esperanzas (diciéndome que nunca terminaría mi carrera). Financieramente, gastando dinero que no teníamos, ocultándome compras importantes, renunciando a trabajos impulsivamente si alguna vez lo "faltaban al respeto". Físicamente, escupiéndome, sacudiéndome, tirándome al suelo. Me mintió, me insultó, me llamó gorda, tiró mis objetos preciados y luego se burló de mí por hurgar en la basura para encontrarlos. También me engañó y me contagió una ETS, luego lo negó diciendo que debí haberlo engañado cuando no lo había hecho. Socavó mi sentido de la realidad. El punto de inflexión fue encontrar el diario de mi hija de 13 años y leer sobre lo que había oído y presenciado cuando creía que estaba dormida. Ya no podía criarla ni a ella ni a sus hermanos con esto. Lo más difícil fue lidiar con la custodia. Él nunca había cuidado solo de nuestros tres hijos, ni siquiera una tarde. Tenía contactos en la policía y en agencias de servicios sociales, y había sido trabajador de los Servicios de Protección Infantil (CPS), así que las acusaciones de abuso nunca lo afectaron. Salió con un abogado y se casó brevemente, lo que le permitió tener representación legal gratuita e ilimitada. Descuidó a nuestros hijos, bebió mucho (es alcohólico) y los asustó muchas veces con su ira y sus arrebatos. No poder protegerlos de él fue y sigue siendo lo más difícil. Mi familia es católica y se toma el matrimonio muy en serio, al igual que yo. Justo antes de pedir el divorcio, mi madre me decía que las cosas no estaban tan mal. Le dije que podía 1) pedirme que dejara de hablar de mi realidad con ella o 2) aceptarla, pero que yo ya no aceptaría que ella la negara. Ella me escuchó, se disculpó y me ha apoyado plenamente desde entonces. Por favor, no den por sentado que alguien, porque es trabajador social, se llama a sí mismo defensor, feminista o incluso trabaja como defensor, vive estos valores en privado. Mi ex recibió un premio del departamento de policía por su trabajo con personas sin hogar la misma semana que me dejó encerrada fuera de casa durante un tornado (tuve que aguantarlo en mi coche en la entrada). Obviamente, sabiendo que no estoy sola, que aunque haya pasado más de una década y que estoy felizmente casada con un hombre amable y cariñoso, este dolor sigue conmigo. En los cumpleaños de mis hijos siempre me cuesta recordar cómo abusó de mí durante el parto y la recuperación. Es algo muy difícil de compartir. Speak Your Truth me permitió no estar sola con esos recuerdos por primera vez.

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    Es un largo camino y una larga historia pero puedes lograrlo.

    Por dónde empezar, porque el abuso y la vergüenza siempre han sido parte de mi ser. Pero a los 55 años he llegado tan lejos y he construido tanto por mi cuenta, que no puedo evitar sentirme orgullosa y, de alguna manera, todavía siento que no lo logré. Nací de una madre soltera y me la arrebataron cuando era bebé, en un hogar de acogida durante quizás dos años, quizás más, nadie me ha dicho la verdad sobre eso. Mi madre fue a buscarme, se casó con mi padrastro y él me adoptó. Los padres de mi madre despreciaban mi existencia. Puedo recordar claramente la primera vez que recuerdo haber hablado con mi abuela, tenía unos 4 años. La llamé por su nombre porque mi madre me había pedido que le dijera algo. Recuerdo estar allí de pie, petrificada de llamar a mi abuela por su nombre. Algo que un niño nunca debería sentir. Simplemente sabía que odiaba que estuviera en su casa, pero aún no sabía por qué lo sabía. Estar allí fue como una tortura para mí y no entendí por qué hasta que fui adulta. Simplemente sentía que les molestaba mucho. Nunca me sentí cómodo allí y los visitábamos bastante. De pequeña, mi madre tampoco era nada especial; gracias a Dios por mi padre y su familia, de lo contrario, nunca habría conocido el amor. Me decían constantemente que deseaba no haberme tenido nunca, y la golpeaban o la descuidaban bastante. Aunque decía «deberías saber lo que es una paliza», lo cual en aquel momento me daba miedo, de adulta me hacía sentir rabia y lástima por ella al mismo tiempo. Parecía que siempre buscaba a alguien que me quisiera. Nunca me lo dieron, salvo por mi padre. Toda mi vida fue una batalla. Iba a casa de la vecina para escapar de sus gritos e insultos, preguntándome por qué era así y por qué no podía ser mejor. Nunca volví a sentirme suficiente; no lo entendía, sino que odiaba cómo me sentía. En casa de los vecinos jugaba con una niña mayor que abusó de mí durante unos años. Y, por desgracia, quería atención. Después me sentí asquerosa. Y avergonzada de mí misma. En la escuela siempre me sentí como un niño raro, aunque tenía amigos, creía que realmente no les gustaba. Curiosamente, sigo siendo amigo de las mismas chicas ahora, es loco cómo el abuso y la autoestima pueden destruir el sentido de uno mismo. Era sexualmente activa cuando tenía 14 años. Conocí a mi futuro esposo a los 15. Era un novio horrible y consumía drogas cuando nos conocimos, pero estaba feliz de tener la única noche a la semana que salíamos. Era 5 años mayor que yo, no tenía por qué estar con una chica de 15 años. Pero tenía novio y eso era todo lo que importaba. Mi madre se fue cuando tenía 13 años, así que el abuso y la maldad solo ocurrían cuando me veía obligada a visitarla, lo cual intentaba evitar. Pero cuando tenía 16, casi 17, decidió que quería ser madre de nuevo. Ahora estaba cuidando mi vida por mi cuenta por un tiempo. Ella insistió en que rompiera con mi novio. Llevábamos juntos un año y medio, no iba a romper con él. Las peleas empeoraron, se volvieron físicas, yo era mucho mayor y más fuerte ahora y a los 17 me escapé al apartamento de mi novio. Y al mes siguiente estaba embarazada y en la escuela secundaria. Más vergüenza, más bochorno. Pero me casé con mi novio el fin de semana de graduación y pensé que estaba lista. Tuvimos un hermoso bebé, luego otro niño cuando descubrí que era adicto a la heroína, no estaba tan lista como pensaba. Intenté ayudarlo a desintoxicarse y todo eso. Pero finalmente eligió las drogas y descubrí que estaba esperando a nuestro tercer hijo. Nos separamos. 3 bebés sin padre. Mi familia me negó con la cabeza. Mi madre me dijo que mis abuelos nunca me aceptarían como madre soltera o si vivía con otro hombre. No podía descifrar cómo hacerlo por mi cuenta. Cuando mi hijo menor tenía un año y medio, tal vez casi 2, mi madre se llevó a mis hijos diciendo que me estaba ayudando a salir adelante, no me permitieron verlos durante 18 meses. Estaba devastada y perdida. Acepté un trabajo de camarera en un bar y me vi atrapada en ese mundo de alcohol y cocaína. No era una gran bebedora ni drogadicta, pero quería pertenecer a algo y lo conseguí. Conocí a un chico que me ayudó a recuperar a mis hijos y a conseguir un apartamento, y pensé que había encontrado al indicado. Estuvimos juntos siete años en total, y durante ese tiempo me recordó cómo debería haberme dejado en el bar donde me encontró, y yo estaba hecha polvo o como se me pudiera llamar. Solía decirme que todos estos tipos creen que eres increíble, pero yo puedo ver cómo te ves sin maquillaje y lo asquerosa que soy. ¿Quién querría eso? Me pateaba delante de la gente. Siempre intenté ser lo suficientemente perfecta, pero nunca lo fui. Hubo abuso verbal y físico durante años, pero él me aceptó a mí y a mis tres hijos, ¿y quién querría eso? Mi madre decía que tuve suerte de haberlo encontrado. La gota que colmó el vaso fue que estaba abusando verbalmente de mi hijo mayor. Era horrible con él y valía la pena alejarse de él. Años después, descubrí que el abuso era mucho mayor de lo que imaginaba y no saqué a mis hijos a tiempo. Luego descubrí que salí con un tipo que estaba huyendo de la policía. No duró mucho, pero sí lo suficiente como para que me destrozaran la cara y acabara en el hospital. Y mi hijo mayor se fue a vivir con mi hermana. Porque no era lo suficientemente bueno para criarlo. Pero todo iba bien. Estaba a salvo. De ahí en adelante, pasé a tener mi segundo bebé, un mujeriego casado y en proceso de divorcio. Se creía un desastre. Y descubrí que estaba embarazada al año de empezar a salir. Tuve ese bebé sola. Él negó que fuera suyo. Fui una zorra con él, aunque no lo era. Trabajábamos juntos, así que tenía que fingir que no era suyo y todo el trabajo lo cuestionaba. Mis otros dos hijos tenían problemas con la escuela y se metían en líos, así que solo éramos nosotros y el bebé, intentando mantenerlos a raya. Nunca me sentí más derrotada. El nuevo bebé tenía unos 6 meses y papá quería jugar a ser papá. Para cuando mi hijo menor tenía 9 meses, nos mudamos juntos después de que él me rogara que lo dejara ser papá, como si alguna vez lo hubiera detenido. Nos mudamos juntos y en un mes lo descubrí engañándome con varias mujeres. ¿Qué demonios iba a hacer ahora? Renuncié a mi casa y mudé a todos los niños más pequeños. Así que me quedé. Los dos chicos de mi primer matrimonio entraban y salían del reformatorio. El padre del bebé me lo puso sobre la cabeza y me amenazó con eso. Así que seguí tratando de que funcionara. Y él seguía engañándome. Pero ante su insistencia, intentamos tener otro bebé, dijo que dejaría de engañarnos. Nos embarazamos de mi hija y él siguió engañándome. Es decir, como si estuviera en sitios web de citas. Fue una locura. Era un narcisista. Me engañó mientras estaba teniendo a nuestra hija en el hospital. Estuvo todo el día diciéndome que si yo fuera más así o que pararía o que se llevaría a mis bebés por los problemas en los que estaban mis hijos. Llevaba dos meses de posparto y él dijo que si no estuviera tan gorda no me engañaría. ¿Quién dice eso? ¿Acaso no podría tener una familia normal? Tal vez me dañaron para bien, como había oído hacía tantos años. Después de ir y venir mudándome por todo el país para intentar arreglar esto, regresando después de que el mercado inmobiliario se desplomara, justo antes del primer cumpleaños de mi hija lo eché. De su propia casa. Irse a estar con la chica y lo hizo. Y la engañó. Pasaron los años regañando y menospreciando constantemente porque ahora soy la ex con los niños y demandándolo por manutención. Años de eso, no importaba que tuviera órdenes judiciales y la custodia completa, él me iba a destrozar, tantos mensajes. Diciendo las cosas más viles que se podían decir. Durante años. Así que mientras tanto él había vivido con unas 7 o 9 mujeres diferentes yo vivía sola con los niños. Pero espera, hay más... Tenía una buena vida y todo en orden, cuando llegó lo peor de lo peor, un tipo ruidoso, malo, alma de fiesta, que todos afuera amaban y cualquiera que lo conociera de cerca despreciaba. Y ahora es mi novio. Y al principio era el más dulce. Me invitaba a cenar y a beber y me volvía loca. ¡Me lo merecía! Después de todos los años encontré a mi chico. En secreto, y poco a poco, mostró quién era. Estuvimos juntos 4 años. Vivimos juntos 18 meses. Lo odié cuando vivimos juntos 6 meses. Odiaba a mi hija con venganza. Era verbalmente abusivo con ella una vez que vivimos juntos. Y yo no quería saber nada de eso y le pedí que se fuera, no lo hizo. Eso sí, fueron 2 años y medio de abuso, más viles de lo que el padre de mis hijos me dijo y una vez más sigo intentándolo. Tan desesperada por la normalidad. Tan desesperada por una familia y la felicidad. Así que me mudé con él. Y dije que era una tortura. Y Dios no quiera que lo hiciera dejar de abusar de mí, fue cuando fue mi hijo otra vez que salí. Pero esta vez no fue tan fácil, le pedí que se fuera y no lo hizo y no pude sacarlo porque el propietario insistió en tener su nombre en el contrato de arrendamiento. Así que no se quería ir. Y verbalmente, mentalmente, emocionalmente y financieramente me hizo pasar por eso. Un año después del día en que le pedí que se fuera, se fue. Después de un último año de tortura literal, abusando verbalmente de mi hija y eventualmente de mi hijo autista, se fue. Y continuó diciendo que me dejó. Jaja. Dos años después me mudé a un pequeño pueblo costero con mis hijos, compré una casa. Reconectando con todos los que perdí en los años que estuve con él. No he sabido nada de él desde entonces. Encontrando mi camino. Aprendiendo a confiar en mí mismo y en los demás. Soy un trabajo en progreso. Pero puedo decir que la fuerza está dentro y si eliges usarla, la vida puede ser hermosa.

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  • Cada paso adelante, por pequeño que sea, sigue siendo un paso adelante. Tómate todo el tiempo que necesites para dar esos pasos.

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    La bombilla se enciende

    Diez días después de que mi hija incógnita recibiera el alta del hospital, donde se había sometido a cirugías cerebrales por epilepsia, incógnita estaba descansando en su habitación cuando mi exmarido me pidió que le ayudara a comprar algo por internet. Le dije que no (algo muy raro, pero estaba preparando algo de comer para incógnita ) y explotó, arrojándome café caliente encima y destrozando la cocina. Y por primera vez, se me encendió la bombilla. La bombilla decía: "Esto tiene que parar". Una vez que vio que algo fundamental había cambiado en mí, que hablaba en serio, intensificó sus tácticas semana tras semana. Llevábamos casi 20 años casados y no podía creer que lo estuviera dejando. Lo único que sabía hacer en respuesta era más agresiones, más amenazas, más acoso, más robos. Estaba fuera de sí. En un momento dado, se paró en los escalones de nuestra casa gritando "¿Por qué no abortaste a los niños?" una y otra vez. Durante unos seis u ocho meses, estoy casi segura de que estuvo considerando un asesinato-suicidio. Tuve que dejarlo todo atrás para escapar: la casa, los amigos, el trabajo. Vendí todas mis pertenencias de valor. Como crecí en un hogar con violencia doméstica, no la entendía bien, incluso cuando era víctima. No sabía que empujar, patear y arrojar objetos o líquidos calientes a alguien son actos ilegales. No sabía que los insultos, los apodos despectivos y el sexo coercitivo no son normales en una relación. No sabía lo deshonesto que era (y sigue siendo) mi exmarido.

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  • Eres maravillosa, fuerte y valiosa. De un sobreviviente a otro.

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    Abuso sexual en el ámbito académico

    Abuso sexual en el ámbito académico: Haber sufrido abuso sexual a temprana edad por parte de profesores en la escuela, uno en primaria y otro en secundaria, me hizo pensar que no habría un lugar seguro para el abuso sexual. Me volví extremadamente vulnerable e impuse restricciones increíbles en mis relaciones con los demás. Sin embargo, mi abuso sexual institucional más vergonzoso estaba por llegar más adelante en el ámbito académico. En mi segundo año del programa de doctorado en Corea del Sur, Iniciales del nombre , un empresario y aspirante a político, regresó a la universidad para cursar una maestría. Mantenía una relación íntima con mi asesora. Como mi asesora y yo también éramos cercanos, los tres salíamos a almorzar o a tomar café juntos. Iniciales del nombre le gustaba mi inteligencia y mi pasión por mi carrera y lo señalaba abiertamente. Gradualmente, me hizo notar su ambición y pasión por la vida. Unos 20 años después de graduarse de la universidad, inevitablemente se enfrentó a muchos desafíos como un estudiante de primer año. Por lo tanto, hubo ocasiones en que me pidió ayuda académica, particularmente para escribir un trabajo académico, recopilar datos en la biblioteca y desarrollar un marco teórico para su estudio. Un día, habíamos quedado para cenar en el restaurante de un hotel unos días después de que le ayudara con su trabajo escrito. Sin embargo, de camino a cenar, me preguntó si me importaría ir más lejos para disfrutar de la tranquilidad de la naturaleza y la buena comida. Acepté su oferta, y nos dirigimos a un lugar que solo él conocía. Tardamos aproximadamente una hora en llegar. Valió la pena, y disfrutamos de la comida y la conversación. De regreso a Seúl, me preguntó si podía parar a fumar. Detuvo el coche, bajó las ventanillas y empezó a fumar con mi permiso. Encendió la música sin esperar mi respuesta, y nos quedamos en silencio un momento. De repente, me di cuenta de cuánto había avanzado con tantos altibajos y cuánto había anhelado escapar de la realidad que me rodeaba. Sintió que algo pasaba y me tocó las mejillas. Me preguntó si estaba llorando. No respondí. En apenas unos segundos, apagó el cigarrillo, bajó las ventanillas y apagó la luz y la música. Ese fue el comienzo de su abuso sexual hacia mí. Desde entonces, me ha abusado sexualmente durante meses en ocasiones inevitables. Después de la graduación de Iniciales del nombre , recibí mi doctorado en Fecha . Mi asesor me pidió que visitara Iniciales del nombre 2 , un profesor de una universidad de dos años ubicada en las afueras de Seúl. Iniciales del nombre 2 me recibió con cálidos saludos y una gran sonrisa y me pidió que escribiera el resto de su tesis doctoral utilizando los datos y materiales que me proporcionaría. Prometió ayudarme a conseguir un puesto de profesor en su universidad a cambio de contribuir a su tesis. Su primera reunión terminó en unos treinta minutos y me asignó para dar clases en su universidad. Unos días después, Iniciales del nombre 2 corrigió sus palabras anteriores y me convenció de que terminaría su tesis de forma independiente. También me prometió ayudarme a conseguir un trabajo en su universidad o a través de uno de sus amigos cercanos. Me sugirió ir de compras conmigo para comprarme un regalo sin ningún motivo específico. Acepté su invitación, con la esperanza de conocerlo mejor y establecer nuevos contactos académicos. Durante la cena, Iniciales del nombre 2 habló sobre las vacantes en su universidad y los procedimientos detallados, desde la solicitud hasta la contratación oficial. Solicité un puesto y me convertí en una candidata prometedora. Un día, me propuso salir a cenar. Después de la cena, me ofreció llevarme a casa esa misma noche, momento en el que intentó besarme a la fuerza, dando comienzo al abuso sexual de Iniciales del nombre 2 contra mí. Durante el fin de semana, me llamaba diciendo que quería hablar sobre el seguimiento de la solicitud. No estaba claro si hablaría sobre lo que debía hacer en el proceso de contratación. Sin embargo, poco después de ese gesto frívolo sobre el estado de mi solicitud, abusó sexualmente de mí en cualquier lugar. También me llevó a un alojamiento alejado de las grandes ciudades y abusó sexualmente de mí. Mi lucha por encauzar mi relación con Iniciales del nombre 2 fue inútil. Al final de ese semestre, resultó que mi solicitud no había sido aceptada. Tras una larga lucha, fundé una organización sin ánimo de lucro, Nombre de la organización sin fines de lucro Enlace , en Ciudad, Estado , en 2014 para ayudar a otras supervivientes de abuso sexual en su camino hacia la sanación y el empoderamiento.

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  • Bienvenido a NO MORE Silence, Speak Your Truth.

    Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

    ¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
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    Liberarse: Escapar del control de un narcisista

    Dejar a mi ex fue una decisión marcada por años de aislamiento y maltrato físico, pero el punto de quiebre llegó cuando intentó controlar mi sustento. Quería que dejara mi trabajo, y cuando me negué, no le importó. En otra ocasión, me miró a los ojos y me dijo: «No vas a salir viva de este apartamento», antes de reírse. Ese fue el momento en que me di cuenta: ¿por qué dejaba que este hombre decidiera qué hacía con mi vida? ¿Por qué dejaba que él decidiera si iba a seguir viva o no? El día que finalmente me fui, llamé a mi madre y le dije que quería irme. Cuando mi ex amenazó con tirar todas mis pertenencias, llamé a la policía. Me dieron cinco minutos para recoger lo que pudiera. Agarré todo lo que pude cargar y me fui. Pero irme no fue el final, fue solo el principio. Me acosó sin descanso. Mensajes en redes sociales. Regalos en mi coche. Apariciones en casa de mis padres. Llamadas incesantes. Al final tuve que cambiar mi número de teléfono. Aun así, me llevó un tiempo solicitar una orden de protección porque, de alguna manera, seguía sintiéndome mal por él. Entonces, tras meses sin contacto, me lo encontré en el gimnasio. Hizo un comentario amenazante, así que lo denuncié y le prohibieron la entrada. Eso lo enfureció. Al salir del gimnasio, intentó sacarme de la carretera. Conseguí entrar en un aparcamiento donde me rodearon unos transeúntes mientras él gritaba. Llegó la policía y me dijo que debía solicitar una orden de protección de emergencia inmediatamente, algo que había pospuesto, pensando que tenía que esperar al horario de oficina. Recibí la orden y pensé que ahí se acabaría todo. Pero justo un día después de que expirara, volvió a aparecer, y esta vez no me dejó salir del aparcamiento. El pánico me invadió mientras intentaba desesperadamente llamar la atención de alguien para que llamara a la policía. Finalmente, conseguí ponerme a salvo, y alguien ya había hecho la llamada. Al empezar a conducir a casa, me di cuenta de que me seguía de nuevo. En lugar de irme, me di la vuelta y se lo dije a la policía. Se ofrecieron a seguirme y, mientras me alejaba, lo vi al otro lado de la carretera. Le hice una seña al agente, quien inmediatamente lo detuvo. Unos minutos después, el agente me llamó y me dijo que necesitaba obtener otra orden judicial contra él, advirtiéndome que tenía problemas mentales. Esperaba que al detenerlo me hubiera dado tiempo suficiente para llegar a casa sana y salva. Esta vez, tuve que solicitar una orden de paz, que solo duró seis meses. Incluso intentó apelarla, pero al final se la concedieron. Mirando hacia atrás, aprendí que el momento más peligroso para una sobreviviente no es durante la relación, sino cuando intentan irse. Esos meses después de mi partida fueron mucho más aterradores que cualquier momento que pasé con él. Pero al final, salí adelante. Y eso es lo que importa.

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    La batalla no ha terminado, pero sigo en pie.

    Mi historia comienza mucho antes del día en que finalmente escapé. Tenía 18 años cuando conocí al hombre que se convertiría en el padre de mis hijos. En ese entonces, era joven, inexperta y aún intentaba comprender quién era y qué quería para mi vida. Había crecido en país , pero debido a que mi padre había trasladado a nuestra familia a país cuando yo era pequeña, me encontré construyendo mi vida adulta en un país que nunca sentí realmente como mi hogar. A los 19 años, quedé embarazada de mi primer hijo. El embarazo fue inesperado, pero estaba decidida a hacer todo lo posible para ser una buena madre. Me habían inculcado fuertes convicciones personales sobre el embarazo y la maternidad, y tomé la decisión de continuar con mi embarazo y dar la bienvenida a mi hijo al mundo. En ese momento, creía que formar una familia traería estabilidad y felicidad. Creía que convertirnos en padres sacaría lo mejor de ambos. En cambio, el abuso comenzó durante mi embarazo. El primer incidente que recuerdo con claridad ocurrió cuando tenía ocho meses de embarazo de mi hijo. Trabajaba porque necesitábamos dinero para prepararnos para la llegada del bebé. Un día, mientras volvía a casa del trabajo, empecé a sentir un dolor intenso y malestar físico. Mi cuerpo se estaba preparando para el parto y me costaba caminar. En un momento dado, sentí que las caderas me fallaban y tuve que detenerme y agarrarme al borde de un puente mientras la gente a mi alrededor me preguntaba si estaba bien. Tenía ocho meses de embarazo, se notaba que me costaba mucho, y la gente a mi alrededor se mostró preocupada. Pero cuando mi teléfono empezó a llenarse de llamadas perdidas y mensajes de mi pareja, su primera reacción no fue de preocupación. Solo llegué unos 15 minutos tarde. En lugar de preguntarme si estaba bien, me acusó de estar con otro hombre. Sabía que había estado en el trabajo, pero supuso lo peor y me exigió explicaciones de dónde había estado. En ese momento, no reconocí esto como maltrato. Era joven y no entendía que los celos, las acusaciones y el comportamiento controlador eran señales de alerta. Cuando llegué a casa, encontré nuestra habitación destrozada. Mis libros, que eran increíblemente importantes para mí, estaban tirados por todas partes, dañados y arruinados. Siempre he sido lectora y también escritora, así que esos libros representaban años de recuerdos y una parte de lo que era. Objetos que me importaban habían sido destruidos. Cosas con valor sentimental se rompieron. Recuerdo sentirme como si hubiera entrado en un campo de batalla. Intenté explicarle lo que había pasado. Intenté hacerle entender que no había hecho nada malo. En cambio, se enfadó cada vez más. Su rostro cambió, empezó a gritar y se volvió físicamente agresivo. Durante esa discusión, me empujó cuando tenía ocho meses de embarazo. En ese momento, no entendía las consecuencias médicas de lo sucedido. Unos días después, durante una cita de rutina, los médicos descubrieron que tenía un desgarro en la bolsa amniótica y casi nada de líquido amniótico. Me enviaron inmediatamente al hospital. Mi hijo nació prematuramente después de un parto inducido que duró aproximadamente 17 horas. Nació con graves complicaciones y llegó al mundo luchando por la falta de oxígeno. Recuerdo estar agotada como nunca antes. Recuerdo sentirme sola. Recuerdo que me presionaron para seguir adelante cuando casi no me quedaban fuerzas. Cuando nació mi hijo, pensé que la experiencia lo cambiaría todo. Pensé que convertirse en padre le haría comprender la importancia de proteger a nuestra familia. Quería creer que podía cambiar. Así que me quedé. Intenté que funcionara. Pero el patrón continuó. Después del nacimiento de mi hijo, mi vida se centró en protegerlo y en intentar crear un hogar estable. Era una madre joven que intentaba equilibrar todo: trabajar, cuidar de un recién nacido y tratar de comprender cómo manejar una relación que se volvía cada vez más aterradora. Al principio, seguía esperando que el incidente durante mi embarazo fuera un hecho aislado. Quería creer que había perdido el control por estrés, miedo o inmadurez. Quería creer que, una vez que tuviéramos a nuestro hijo, se convertiría en el compañero y padre que esperaba que fuera. En cambio, el comportamiento continuó y poco a poco se convirtió en parte de mi vida diaria. Con los años, el abuso adoptó muchas formas. No era solo físico. Había insultos constantes, gritos, intimidación y ataques emocionales. Me llamaban con nombres degradantes y me hacían sentir que no valía nada. También hubo insultos racistas que me afectaron profundamente. Poco a poco, mi confianza se fue minando. Al mismo tiempo, intentaba ser la mejor madre posible. Mi hijo comenzó a tener serios problemas de salud. Cuando tenía alrededor de dos años, tuvo su primera convulsión. Al principio, los médicos creyeron que estaba relacionada con la fiebre, pero las convulsiones continuaron durante toda su infancia. Cuando tenía alrededor de ocho años, sufrió una convulsión grave que causó gran preocupación y llevó a los médicos a descubrir que tenía epilepsia. Recuerdo cargarlo y correr por las calles tratando de encontrar transporte para que recibiera atención médica de emergencia. Ya era más de la mitad de mi tamaño, pero en ese momento, nada de eso importaba. Yo era su madre y necesitaba conseguirle ayuda. Después de más evaluaciones, supimos que mi hijo era autista. Comenzamos a notar diferencias en su forma de aprender, sus habilidades de escritura, su sensibilidad y los desafíos que enfrentaba en comparación con otros niños. En lugar de recibir paciencia y comprensión, mi hijo a veces era insultado por su padre debido a sus diferencias. Lo llamaban con apodos y lo hacían sentir inferior. Esa fue una de las cosas más difíciles para mí como madre. Podía soportar muchas cosas dirigidas hacia mí, pero ver a mi hijo sufrir emocionalmente era devastador. Intenté irme varias veces. Cuando mi hijo tenía unos cinco años, llegué a un punto en el que supe que no podía seguir viviendo de la misma manera. Decidí separarme de su padre. Intentamos establecer un acuerdo de custodia compartida, pero como vivíamos en el mismo país sin una red de apoyo sólida, la separación fue mucho más complicada que simplemente irme. Estaba aislada. Mis relaciones familiares ya eran difíciles y no tenía una red de apoyo confiable a mi alrededor. Muchos de mis amigos no sabían la magnitud de lo que estaba sucediendo. Me había acostumbrado a ocultar lo que pasaba porque sentía vergüenza y porque no sabía quién podría ayudarme. Durante este período, viví algunos de los incidentes más aterradores de mi vida. Uno de ellos ocurrió después de que él revisara mi teléfono y encontrara mensajes inocentes de alguien a quien había conocido en la adolescencia. Eran conversaciones sencillas, pero él las interpretó como una traición. Se enfureció. Me agarró, me arrastró por la casa, me tiró del pelo y me obligó a salir mientras me gritaba. La fuerza con la que me tiró del pelo fue tan fuerte que me arrancó el cuero cabelludo, dejándome una calva que aún conservo. Tiró dinero a la calle y me dijo que buscara un hotel porque ya no podía quedarme allí. Lo que hizo la situación aún más dolorosa fue que yo era quien pagaba la casa. Denuncié lo sucedido. Los inquilinos ya no querían que viviera allí después de lo ocurrido, y esto se convirtió en otro intento de alejarme de él. Pero irme nunca fue fácil. Los años que siguieron fueron un ciclo de intentar irme, de intentar protegerme a mí misma y a mis hijos, y de intentar sobrevivir a las consecuencias de cada intento. Durante el tiempo que el padre de mi hijo y yo estuvimos separados, intenté mantener una vida lo más normal posible para él. Quería que tuviera estabilidad. Quería que se sintiera querido y protegido a pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Pero incluso después de la separación, el control no terminó. Una de las partes más dolorosas de mi experiencia fue darme cuenta de que terminar la relación no significaba automáticamente que me librara de él. El abuso emocional, la intimidación y el miedo continuaron. Hubo una noche durante ese período que cambió mi vida para siempre. Me habían invitado a salir con una amiga. Era una de las primeras veces en años que salía a algún lugar con amigos. No era una persona que saliera a menudo. Normalmente estaba en casa cuidando a mi hijo, trabajando o lidiando con todo lo que sucedía en mi vida. Muchas de las personas allí pertenecían al mismo círculo social que el padre de mis hijos, porque compartíamos muchos amigos. Tomé una copa esa noche, una bebida sin alcohol porque nunca he sido de beber mucho. Poco después, tanto mi amiga como yo empezamos a sentirnos inusualmente mareadas y mal. La sensación no era normal, sobre todo porque se suponía que la bebida no contenía alcohol. Recuerdo sentirme insegura y decidir que lo mejor era irme. Me aseguré de que mi amiga llegara a casa sana y salva primero. Durante el trayecto en taxi, intenté estar atenta a mi entorno. Intentaba mantener la calma, estar alerta y asegurarme de llegar a casa sana y salva. Al llegar, descubrí que el padre de mis hijos estaba allí. Todavía tenía las llaves de cuando vivíamos juntos. No recuerdo todo lo que pasó después de que entrara. Recuerdo sentirme confundida y desorientada, y lo siguiente que recuerdo con claridad es despertar al día siguiente y darme cuenta de que estaba en mi cama. Aproximadamente cuatro semanas después, supe que estaba embarazada. Me costó mucho asimilar lo sucedido porque no entendía cómo había quedado embarazada. Sentía mucha confusión, miedo y dolor. Debido a mis creencias personales y a que el aborto no era una opción legal, decidí continuar con el embarazo. Nació mi hija, y una vez más intenté creer que esto podría ser un punto de inflexión. Su padre me dijo que, como ahora teníamos dos hijos juntos y él asistía a reuniones organización y trataba de cambiar, deberíamos darle otra oportunidad a nuestra familia. Quería creer que la gente podía cambiar. Quería que mis hijos tuvieran una familia. Así que lo intentamos de nuevo. Nos mudamos a un apartamento conectado a su familia, con la esperanza de que vivir en un lugar diferente creara un entorno más seguro. Por un corto tiempo, las cosas mejoraron. Pero finalmente, los mismos patrones regresaron. La ira regresó. Los insultos regresaron. La violencia regresó. Comenzó a abofetearme, tirarme del pelo, escupirme y atacarme verbalmente de nuevo. Me encontré de nuevo en el mismo ciclo del que había estado tratando desesperadamente de escapar. Denuncié los incidentes a las autoridades varias veces. Busqué ayuda. Documenté lo sucedido. Pero cada vez, sentí que las consecuencias recaían principalmente sobre mí. Cada vez que lo denunciaba, tenía que lidiar con las consecuencias. Tenía que preocuparme por las represalias. Tenía que preocuparme por mis hijos. Tenía que preocuparme por si buscar protección realmente nos haría más seguros. Con el tiempo, comencé a perder la esperanza de que el sistema me protegiera. El abuso también afectó todas las demás áreas de mi vida. Tenía oportunidades por las que trabajé muchísimo, pero mantenerlas se volvió casi imposible. Tenía un trabajo en una empresa de software donde enseñaba a estudiantes, algo de lo que estaba orgullosa y que me apasionaba. Trabajé allí durante dos años. Pero él creaba situaciones en las que llegaba tarde, interfería con mi capacidad para mantener mi horario e incluso aparecía en mi lugar de trabajo. Finalmente, después de luchar por mantener todo en orden, perdí ese trabajo. Fue devastador. No solo perdía el empleo, sino también partes del futuro que había estado tratando de construir. Aun así, seguí trabajando. Seguí cuidando a mis hijos. Seguí defendiendo a mi hijo durante sus problemas médicos. Estaba agotada, pero seguí adelante. Porque mis hijos me necesitaban. Para entonces, había pasado años tratando de encontrar una salida. Trabajaba constantemente, ahorraba todo el dinero que podía y trataba de crear algún tipo de seguridad para mis hijos. Sabía que si alguna vez quería irme de verdad, necesitaba un lugar donde pudiéramos estar seguros y estables. Antes de la pandemia, logré ahorrar suficiente dinero para comprar un pequeño apartamento que pertenecía a su madre. Ella ya no lo usaba y accedió a vendérmelo. Pagué aproximadamente cantidad por él y trabajé horas extras para poder hacerlo posible. Invertí mi propio dinero en restaurarlo y convertirlo en un hogar para mis hijos. Para mí, ese apartamento representaba algo mucho más grande que un lugar para vivir. Representaba la independencia. Representaba la posibilidad de que algún día por fin pudiera tener una vida que me perteneciera. Pero la pandemia lo cambió todo. Cuando empezó la COVID, me vi obligada a pasar dos años confinada con la persona de la que había intentado escapar durante años. El aislamiento lo empeoró todo. No había adónde ir, menos gente a la que recurrir y ninguna manera fácil de crear distancia. El maltrato continuó delante de mis hijos. Oían los gritos. Veían las discusiones. Veían a su madre siendo herida y humillada. Como madre, una de las cosas más dolorosas fue ver cuánto les afectaba. Intentaba protegerlos mientras sentía que no tenía salida. Durante este tiempo, llegué a un punto en el que dejé de cuidarme. Dejé de preocuparme por mi aspecto. Dejé de sentirme como la persona que había sido antes. Pero nunca dejé de ser madre. Incluso cuando me sentía destrozada, seguí trabajando. Continué asegurándome de que mi hijo recibiera la atención médica que necesitaba para su epilepsia y autismo. Lo apoyé en la escuela. Lo ayudé a aprender. Lo defendí cuando tenía dificultades. Más tarde, también le diagnosticaron artritis juvenil, lo que añadió otro desafío médico a una vida que ya se sentía abrumadora. Tenía que asumir las responsabilidades de criar a dos hijos, atender sus necesidades médicas, trabajar y sobrevivir al abuso al mismo tiempo. Me sentía ahogada, pero seguía adelante. Durante esos años, intenté repetidamente encontrar ayuda. Me puse en contacto con mi padre. Le mostré pruebas de lo que estaba sucediendo. Le mostré informes policiales. Le pregunté si mis hijos y yo podíamos tener un lugar seguro adonde ir. Pero debido a las complicadas relaciones familiares y circunstancias, no recibí el apoyo que necesitaba en ese momento. Tampoco tenía muchos amigos a quienes recurrir. Los años de aislamiento me habían afectado profundamente. Mucha gente a mi alrededor no entendía la realidad por la que estaba pasando, y sentía que no tenía a dónde ir. Ya había intentado irme antes. Varias veces. Pero cada intento terminaba con él encontrando la manera de volver a mi vida. Sabía cómo convencerme de quedarme. Sabía cómo crear situaciones en las que irme parecía imposible. Sabía que tenía opciones limitadas porque estaba en país , sin mis documentos, sin una red de apoyo sólida y con hijos cuyas vidas estaban ligadas al país. Finalmente, comencé a planear mi escape con más cuidado. Sabía que si intentaba irme sin preparación, podía ponerme a mí y a mis hijos en mayor peligro. Fue entonces cuando el control se intensificó. Empezó a quitarme las cosas que hacían posible irme. Uno de los ejemplos más devastadores fue mi pasaporte. Tomó mi pasaporte de país y lo destruyó. Sin mi pasaporte, mi capacidad para viajar, reemplazar documentos y salir del país se volvió aún más complicada. Mi equipo de trabajo también fue destruido, incluyendo mi computadora portátil, de la que dependía profesionalmente. No eran solo objetos. Eran herramientas que representaban mi independencia. Quitarlas significaba quitarme la capacidad de reconstruir. Me sentía atrapada. Había pasado años tratando de sobrevivir, y llegué a un punto en el que entendí algo claramente: si me quedaba, no sabía si sobreviviría. Había recibido amenazas. Temía lo que pasaría si realmente me iba. Temía lo que él pudiera hacer si sentía que perdía el control. Pero también sabía algo más. Mis hijos me necesitaban viva. Necesitaban que siguiera luchando. Y esa se convirtió en la razón por la que continué. A finales de 2024, supe que estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Durante años, había intentado sobrevivir en una situación en la que me sentía atrapada. Había intentado irme. Había intentado pedir ayuda. Había intentado trabajar más, ahorrar dinero, documentar lo que sucedía y crear un futuro para mis hijos. Pero estaba agotada. Había aprendido que a veces irse no es un momento único. A veces es un largo proceso de preparación silenciosa, esperando la oportunidad más segura e intentando protegerme a mí misma y a mis hijos mientras vivo con alguien que ha demostrado repetidamente que no respetará mis límites. Durante este tiempo, el dinero era otra forma en que me controlaban. Hubo muchas ocasiones en las que se iba durante días, llevándose dinero consigo, dejándome a cargo de los niños y del hogar sin recursos suficientes. Hubo momentos en que tuve que depender de su familia para conseguir comida porque no tenía otra opción. Anteriormente había ayudado a abrir una cuenta de tarjeta de crédito como respaldo porque necesitaba una forma de mantener a mis hijos en esos momentos. Cuando él no estaba y necesitaba comida o artículos de primera necesidad, la usaba y luego la pagaba poco a poco. No la usaba como un lujo. Intentaba asegurarme de que mis hijos tuvieran comida y sus necesidades básicas cubiertas. Cuando descubrió que había estado usando la tarjeta y pagándola a plazos, se convirtió en otra fuente de conflicto y otra situación que terminó en violencia. Tres días después de Navidad de 2024, todo llegó a un punto crítico. Se enfureció muchísimo y decidió echarme de la casa. La casa de la que me obligó a ir era la casa por la que había trabajado. La casa que había pagado. La casa que había restaurado y creado para mis hijos. Metió mi ropa en dos bolsas de basura y las tiró afuera. Luego me obligó a irme. Grabé lo que estaba sucediendo porque sabía que necesitaba documentación. Recuerdo haber dicho repetidamente que me iría, pero que no me iría sin mis hijos. Eso era lo único en lo que no estaba dispuesta a ceder. No me iría y dejaría a mis hijos atrás. Cuando intenté volver a entrar porque mis hijos querían irse conmigo, cerró la puerta de metal y me lastimó el brazo. Fui a la comisaría cercana porque necesitaba ayuda. Expliqué que me estaba impidiendo ver a mis hijos y describí lo sucedido. Pero me dijeron que, como era su padre biológico, no podían hacer nada en ese momento. Me fui devastada. El sistema que esperaba que me protegiera no me estaba brindando la seguridad inmediata que necesitaba. Fue entonces cuando llamé a mi padre. Nuestra relación había sido complicada durante muchos años. Había habido distancia entre nosotros y muchos problemas familiares que habían afectado nuestra relación. Pero durante ese tiempo, seguí preocupada por él. Después de que se separó de su esposa, lo visitaba en secreto cuando podía. Le llevaba comida, le preparaba comidas adicionales y lo cuidaba porque sentía que estaba sufriendo y aislándose. Esta vez, cuando lo llamé y le conté lo sucedido, algo cambió. Por primera vez, pronunció las palabras que tanto necesitaba oír: «Ven aquí. Puedes quedarte aquí». Ese momento cambió mi vida. Me mudé con mi padre y comencé a reconstruir. Trabajé más duro que nunca. Me centré en sanar. Comencé terapia. Mi padre me ayudó a pagar mi primer mes de terapia, lo cual se convirtió en un paso importante para empezar a recuperarme de años de trauma. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Recibí dos ascensos en el trabajo. Comencé a recuperar la confianza en mí misma. Comencé a recordar que no solo era una superviviente. Era una persona con habilidades, sueños, inteligencia y un futuro. Y lo más importante, seguí luchando por mis hijos. Aunque logré crear un entorno más seguro para mí, la situación con mis hijos seguía siendo complicada. Su padre seguía intentando usar las exigencias económicas y el acceso a los niños como una forma de controlarme. Me exigía que le pagara grandes sumas de dinero, incluyendo la manutención infantil y otros gastos. Más tarde, descubrí que algunos de los pagos de los que decía ser responsable en realidad no se estaban realizando. Continué documentándolo todo. Continué luchando. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó. Me pidieron que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera del aula y no había estado participando. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que la escuela sabía que algo andaba mal. Al principio, creyeron que estaba sufriendo por la separación de sus padres. Pero entonces llegó mi hijo. Lloraba desconsoladamente. Estaba abrumado y apenas podía comunicar lo que había sucedido. Finalmente, le dijo al personal de la escuela que su padre lo había pateado en el pecho y que no podía respirar. Para un niño con epilepsia y autismo, el estrés y el trauma extremos pueden tener graves consecuencias. La escuela me dijo que no podían enviar a mis hijos a casa con su padre ese día. Me dijeron que necesitaba obtener la custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que me llevé a mis hijos a casa. Ese día, supe que no podía seguir esperando que las cosas mejoraran. Tenía que protegerlos. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó y me pidió que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera de su aula y no había participado en las clases ese día. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que el personal de la escuela enseguida se dio cuenta de que algo no andaba bien. Al principio, creyeron que podría estar sufriendo emocionalmente debido a la separación de sus padres. Pensaron que tal vez estaba asimilando los cambios que se estaban produciendo en nuestra familia. Pero entonces me hablaron de mi hijo. Mi hijo llegó a la escuela ese día llorando, abrumado e incapaz de calmarse. Debido a su autismo, comunicarse en momentos de estrés extremo puede ser especialmente difícil para él. El personal de la escuela lo llevó a la oficina del director para que pudieran entender lo que estaba pasando. Fue entonces cuando reveló que su padre le había dado una patada en el pecho y que no había podido respirar. Escuchar eso fue devastador. Mi hijo ya vivía con epilepsia y autismo, y yo sabía lo vulnerable que era al estrés y al trauma extremos. Había dedicado años a defender sus necesidades médicas, su educación y su bienestar emocional. La idea de que estuviera experimentando miedo en el lugar donde se suponía que debía estar seguro era insoportable. La escuela me dijo que no podían permitir que mis hijos volvieran con su padre ese día sin tomar medidas adicionales. Me dijeron que necesitaba tomar medidas de custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y que, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que llevé a mis hijos a casa. Ese día, me di cuenta de que ya no podía esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Después de llevar a mis hijos a casa, mi enfoque cambió por completo. Durante años, había estado tratando de sobrevivir mientras protegía a mis hijos. Había dedicado mucho tiempo a intentar evitar que las situaciones empeoraran, a intentar mantener la paz y a intentar encontrar una salida en circunstancias en las que me sentía atrapada. Pero después de lo que sucedió en la escuela, comprendí que algo había cambiado. Esperar a que las cosas mejoraran ya no era una opción. Mis hijos necesitaban estabilidad. Necesitaban seguridad. Necesitaban una madre dispuesta a seguir luchando por ellos. Inmediatamente comencé a tomar medidas para protegerlos legalmente. Reuní la documentación que había acumulado a lo largo de los años, incluyendo informes policiales, mensajes, grabaciones, fotografías y otras pruebas que mostraban la historia de lo sucedido. Aprendí por experiencia dolorosa que decir la verdad no siempre era suficiente. Necesitaba documentación. Necesitaba registros. Necesitaba pruebas que mostraran el patrón de comportamiento y no solo un momento aislado. Durante este tiempo, seguí reconstruyendo mi vida. Después de años de control, aislamiento y de sentirme impotente, poco a poco descubría que era capaz de valerme por mí misma. Tenía un hogar para mis hijos. Tenía trabajo. Contaba con el apoyo de mi padre. Había empezado terapia. Estaba empezando a encontrar a la persona que había sido antes de que años de abuso me arrebataran tanto. Pero el conflicto con su padre no terminó. Incluso después de la separación, siguió encontrando maneras de mantener el control mediante la presión económica, las exigencias relacionadas con los niños y los constantes intentos de interferir en mi vida. Continué documentándolo todo. Quería que el sistema legal comprendiera la situación completa: no solo un evento, sino los años de abuso, intimidación y control que nos habían llevado a ese punto. Entonces la situación se agravó de nuevo. Después de años de abuso, separación y conflicto, su comportamiento se volvió cada vez más aterrador. Durante aproximadamente un mes, sufrí un intenso acoso y persecución. Me sentía vigilada e insegura. Temía que perder el control de la situación lo llevara a intensificar su comportamiento y que estuviera intentando volver a mi vida. Esta vez, me negué a guardar silencio. Guardé mensajes. Conservé pruebas. Documenté lo que estaba sucediendo. Contacté a las autoridades cuando necesité ayuda. Durante años, me pregunté si alguien me creería de verdad. Ya había denunciado abusos antes. Ya había acudido a las autoridades antes. Ya había presentado pruebas antes. Pero cada vez, sentía que me quedaba con las consecuencias de intentar buscar protección. Esta vez, seguí adelante porque mis hijos merecían estar seguros. Finalmente, la situación llegó a los tribunales. Presenté las pruebas que había reunido durante años, junto con las pruebas del acoso y persecución más recientes. El proceso legal fue extremadamente difícil. En un momento dado, el caso estuvo a punto de ser desestimado a pesar de la cantidad de pruebas que había aportado. Me negué a rendirme. Apelé la decisión y seguí luchando para que se escucharan mis preocupaciones. Finalmente, me concedieron una orden de alejamiento total. Ese momento fue significativo para mí. No era solo un documento legal. Era un reconocimiento. Reconocimiento de que lo que había vivido importaba. Reconocimiento de que mi miedo se basaba en hechos reales. Reconocimiento de que tenía derecho a protección. Aunque el resultado no fue exactamente el que esperaba, al fin hubo intervención legal. En lugar de ir a prisión, su familia intervino y lo internaron involuntariamente en un centro psiquiátrico. Si bien no era el resultado que esperaba, el tribunal reconoció que la situación requería una intervención seria y me concedieron protección mediante la orden de alejamiento. Pero incluso con esa protección, mi lucha no había terminado. Porque mis hijos y yo seguíamos en país . Y ya no luchaba solo para escapar del abuso. Luchaba para traer a mis hijos a casa. Durante este nuevo capítulo de mi vida, conocí a mi marido. Él entró en mi vida después de que yo ya hubiera sobrevivido a años de abuso, aislamiento y miedo. Vio por lo que había pasado y me apoyó mientras me reconstruía y luchaba por mis hijos. Por primera vez en muchos años, experimenté lo que se siente tener a alguien a mi lado que me cree, me apoya y desea un futuro seguro para mis hijos y para mí. Ahora nos espera en estado mientras seguimos lidiando con el proceso legal que nos separa de estar juntos como familia. Mi sueño siempre ha sido simple: un hogar seguro. Una vida estable. Un futuro donde mis hijos puedan crecer sin miedo. Pero debido a que nuestra situación trasciende fronteras internacionales, el proceso es complicado. Mi hijo tiene la posibilidad de obtener la ciudadanía de país a través de su conexión con país mediante el proceso legal correspondiente. La situación de mi hija es más complicada porque es ciudadana de país , y traerla a país requiere cumplir con requisitos legales adicionales. Así que, incluso después de escapar del peligro inmediato, la batalla continuó. Escapé de la relación. Sobreviví al abuso. Pero sigo luchando para que mis hijos regresen a casa.

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    “Toda víctima debería tener la oportunidad de convertirse en superviviente”.

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    #1428

    Durante años, pensé que había escapado de los horrores de mi infancia. El abuso manifiesto de mi padre era una tormenta: ruidosa, furiosa, imposible de ignorar. Así que cuando lo conocí, a ese hombre que parecía tan diferente, pensé que por fin había encontrado seguridad. No era mi padre. No gritaba ni alzaba la mano a cada rato. Al principio, era amable, incluso encantador. Pensé que todo era maravilloso. Pero con el tiempo, empezaron a aparecer las grietas. Los días fríos y distantes en los que me sentía como una molestia. Las indirectas sutiles y los comentarios solapados que no llegaban a ser maltrato, pero sí a hacerme dudar de mí misma. Me quedaba despierta por la noche, llorando, incapaz de entender por qué me sentía tan ansiosa y estresada. Me decía a mí misma que no era para tanto. Al fin y al cabo, no era mi padre. Sin embargo, en el fondo, lo sabía. Sabía que podía hacerme daño si alguna vez lo presionaba demasiado, y ese miedo me controlaba. Con el paso de los años, la manipulación emocional evolucionó hacia algo mucho más oscuro. Lo que empezó como control se convirtió en abuso sexual. Al principio, no lo vi como lo que era; tal vez no quería verlo. Me aferré a la idea de que las cosas mejorarían, de que podría arreglarlo, de que no era tan malo como parecía. Pero la progresión era innegable. Ya no podía mirar hacia otro lado. Cuando terminó, me encontré en una comisaría, esperando justicia, esperando que alguien finalmente me defendiera. Pero no se hizo nada. Nada. Salí de la comisaría sin una resolución real, pero salí. Ese fue el día en que decidí empezar de nuevo. La sanación no fue inmediata. Sigue siendo un proceso diario. Pero ahora puedo elegir cómo son mis días. Ya no guardo silencio. Ya no me escondo. La máscara que usé durante años se ha caído, y hablo abiertamente sobre lo que soporté, no porque sea fácil, sino porque alguien necesita escucharlo. Alguien ahí fuera necesita saber que no está solo, que su matrimonio aparentemente perfecto puede no ser tan perfecto, y que merece algo mejor. Convertí mi historia en un libro, Book Title. No es solo una historia sobre abuso; es un llamado a reconocer las señales sutiles, a cuestionar el sistema que tan a menudo falla a las víctimas y a desafiar la forma en que la sociedad minimiza nuestro dolor. Sé lo difícil que es levantarse, pero también sé que es posible. Si te encuentras en esa oscuridad, recuerda esto: tú también puedes levantarte. Sanar no es fácil, pero vale la pena. Y cada día tienes el poder de elegir una vida mejor. Porque yo sigo levantándome. Y tú también puedes.

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    La historia de Nombre

    A los 19 años y lejos de casa por primera vez… pensé que estaba enamorada. Me casé con alguien a quien apenas conocía. Lo conocí en el entrenamiento militar y nos destinaron a la misma ciudad. Yo quería casarme, pero él no, así que terminamos en el juzgado de paz. Esta fue una de las primeras cosas que hice para ceder. Poco después de casarnos, empezó a revelarse su verdadera naturaleza. Poco a poco, me aislé, me alejaron de todos mis amigos y familiares. No podía hacer nada bien. Todo era culpa mía. Por mucho que lo intentara, nunca era suficiente. Me obligaba a ver pornografía y a hacer cosas sexuales sin mi consentimiento. Sí, un cónyuge puede violar a su pareja. Me insultaban de todo, se burlaban, me menospreciaban, me insultaban y cosas peores. Casi siempre era a puerta cerrada; sin embargo, algunas cosas ocurrían en público. Solo salíamos con mis amigos y familiares cuando él quería dar un espectáculo. En una ocasión, trajo a su "amiga" a vivir con nosotros porque no tenía adónde ir. Tras ser diagnosticado con una ETS, supe que ella era una de las muchas mujeres con las que me había engañado. Era su amante en toda la extensión de la palabra. En algún momento perdí mi identidad y empecé a creer que era exactamente quien él decía ser: inútil, fea y nada. Vivía en la niebla. No podía comprender mis sentimientos ni mis pensamientos. No tenía ni idea de qué hacer para complacerlo, porque por mucho que intentara hacer lo que creía que él quería, nunca estaba bien. Intenté suicidarme, lo cual sorprendió a mi familia, amigos y compañeros de trabajo, porque nunca dije una palabra. Había logrado sonreír y siempre ayudar a los demás durante la jornada laboral. Nadie sabía del abuso verbal, emocional o sexual que sufrí en casa. Después de mi intento de suicidio, mi familia y los pocos amigos que aún me apoyaban intentaron que me fuera. Me negué. Insistía en que eso podría hacer que mi matrimonio funcionara. Si tan solo me esforzara más. Si tan solo fuera la persona que él quería que fuera. Entonces, de repente, lo arrestaron, lo sometieron a consejo de guerra y lo enviaron a una prisión militar (por asuntos ajenos al matrimonio). Aun así, intenté que las cosas funcionaran. Iba a visitarlo a la cárcel, cuidaba de la casa, pagaba las cuentas y trataba de ser una "buena esposa". Un día me llamó para pedirle cosas que quería. Cuando le dije que no había comprado lo que me había pedido porque buscaba un trabajo a tiempo parcial para pagar las cuentas (teníamos una deuda enorme por su culpa), me llamó "poco fiable". Fue en ese momento que finalmente comprendí que merecía más. Grité al teléfono: "¡Tienes razón! ¡Soy poco fiable!" y colgué. Entonces me quité los anillos de compromiso y de boda y los tiré por la sala a la cocina, donde quedaron debajo de la lavadora y la secadora. Al día siguiente contacté con un abogado y en pocas semanas nos divorciamos. Llevábamos un año y cuatro meses casados y un año y nueve meses de conocernos. En menos de dos años, este hombre me había destrozado tanto que ya no sabía quién era y me impedía hacer nuevos amigos en mi destino. Los únicos amigos que tenía en ese momento eran algunos viejos amigos del instituto a los que no veía a menudo, pero que se negaban a que los alejaran. Sus acciones me sumieron en una depresión tan profunda que pensé que la única solución (o salida) era quitarme la vida. Durante mi primer matrimonio, tuve un amigo que le dijo a mi exmarido que se alejara y que seguiría siendo mi amigo pase lo que pase. Cumplió su palabra y siempre estuvo ahí para mí durante mi matrimonio. Cuando le dije que me iba a divorciar, se tomó una licencia y vino a pasar una semana conmigo para poder estar en el juzgado durante la audiencia de divorcio. Dos años y siete meses después, este amigo y yo nos casamos. Al igual que mi primer marido, también lo conocí en un entrenamiento militar. Toda nuestra relación había sido a distancia, salvo los pocos meses de entrenamiento militar y esa semana durante mi divorcio. Pasamos el primer año de matrimonio separados, esperando que el ejército nos asignara juntos. Nos embarazamos el primer fin de semana que por fin vivimos juntos. Una vez que empezamos a vivir juntos, su verdadera personalidad se manifestó rápidamente. Siempre estaba en la computadora por culpa de los videojuegos o la pornografía. No se molestaba en ayudar si estaba en la computadora. Gritaba cuando no estaba contento. Lo llamé para decirle que estaba de parto prematuro y no vino al hospital. Una vez que nació el bebé, le pedí ayuda, pero no se molestó porque estaba ocupado. Con el tiempo, los gritos, la ley del hielo, los insultos, la falta de ayuda en casa y el simple hecho de ignorarme solo empeoraron. Luego lo desplegaron. Descubrí que tenía al menos una aventura en línea y decía todo tipo de cosas odiosas y desagradables sobre mí. Lo confronté y actuó como si no fuera para tanto. Yo lo sentí diferente. Para mí sí era importante, así que me fui. Pedí el divorcio. Pasó meses hablándome dulcemente hasta que, tontamente, volví con él. Para entonces, ambos habíamos salido del ejército. Compramos una casa y él estudiaba. Yo trabajaba a tiempo completo, intentaba ir a la escuela y me encargaba de la casa y de nuestro hijo. Él seguía sin ayudarme en nada. Tenía que pagar la guardería porque nuestro hijo lo molestaba mientras hacía las tareas. Los insultos, la ley del hielo y la ignorancia solo empeoraban. Me di cuenta de que castigaba a nuestro hijo de maneras inapropiadas para un niño pequeño y esperaba cosas que superaban su capacidad. Empecé a tener ataques de pánico al entrar al garaje después del trabajo porque no sabía qué personalidad me encontraría al entrar en casa: el Sr. Feliz o el Sr. Enfadado. Su comportamiento después de mudarnos juntos no coincidía con el del amigo que me apoyó durante mi primer matrimonio; había cambiado, ¿o sí? Dejó de decirme cuánto me quería y cuánto me necesitaba, y empezó a denigrarme o a no hablarme en absoluto. Había llegado a ese punto tan familiar en el que estaba de nuevo en la niebla, sin saber qué hacer, porque todo lo que hacía estaba mal... a menos que él quisiera algo. Sentía que andaba con pies de plomo en casa todo el tiempo. Recuerdo que un día me dijo algo en una tienda y una mujer me miró fijamente... su mirada decía: "Cariño, solo dime una palabra y te ayudaré a escapar". Aparté la mirada rápidamente. La gota que colmó el vaso fue llegar a casa del trabajo un día y encontrar a mi hijo, normalmente muy activo, sentado y quieto en el sofá. Cuando le pregunté qué le pasaba, mi hijo dijo: "Papá me dio una bofetada en ambas mejillas por jugar con el perro en el barro". Lo confronté y le dije que tenía tres opciones: buscar ayuda, irse o llamar a la policía. Decidió irse y culparme por haberlo dejado "pobre y sin hogar". Siete meses después de separarnos, nos divorciamos. Llevábamos ocho años y diez meses casados. Llevábamos diez años y siete meses conociéndonos. Pasó de ser uno de mis mejores amigos a un completo desconocido que me dejó aún más vacía y rota que mi primer marido. Es difícil describir con palabras la lenta forma en que ambos individuos lograron reducirme a la nada, hasta el punto de sentir que no me quedaba nada por lo que vivir. A diferencia de mi primer matrimonio, el segundo no fue solo yo. Tuve que proteger a mi hijo. Ambos usaron el abuso verbal y emocional para controlarme poco a poco y hacerme sentir insignificante, cuestionar mi cordura y hacerme creer que era una completa idiota y una fracasada. Uno usó el sexo como arma para su placer y otro retuvo cualquier tipo de contacto, sabiendo que es uno de mis lenguajes del amor. Ambos podían ser amables cuando les convenía para quedar bien o para conseguir lo que querían. Gracias a ambos individuos, ahora sé que el gaslighting, el bombardeo amoroso, los monos voladores, la triangulación, la proyección, las amenazas (ambos amenazaron con matarme), la conexión traumática y más, son parte del manual de un narcisista. No era yo la que estaba loca o no valía nada. Usaron estas herramientas para conseguir lo que querían y luego me dejaron de lado cuando ya no me necesitaban. Ahora que sé lo que significan estas acciones y términos, he podido aprender a reconocer las señales, sanar del trauma y llegar al punto de poder compartir mi historia de supervivencia. No tenía ni idea de quién era, qué me gustaba, cómo vivir una vida feliz ni cómo ser fuerte. Podía dar una buena impresión al mundo exterior, o eso creía. Desde entonces, he aprendido que mi familia y amigos cercanos se daban cuenta de que algo andaba mal. Oraban por mí y me apoyaron cuando finalmente pedí ayuda. Al reflexionar sobre ambos matrimonios, veo la mano de Dios en ellos y sé que es gracias a Él que sigo aquí para contar mi historia. Mi primer exmarido me sorprendió con las pastillas en la mano y una cuchilla de afeitar en la muñeca. A pesar de todo lo malo que me hizo, Dios lo usó para salvarme la vida al permitir que entrara en ese preciso momento. Me denunció al ejército pensando que me metería en problemas, pero en cambio salvó mi carrera y mi vida. Su encarcelamiento me permitió escapar. Durante mi segundo matrimonio, puedo decir honestamente que la única razón por la que pude escapar fue un verdadero milagro. Creo que las oraciones de mis seres queridos fueron respondidas, dándome una fuerza que solo venía de Dios, permitiéndome enfrentarlo y darle esas tres opciones después de que abofeteara a nuestro hijo. ¿Cómo escapé y recuperé mi espíritu? ¿Cómo me reencontré y me volví feliz, fuerte, extrovertida, valiente, firme y consciente de mi propio valor? Lo logré gracias a la misericordia, el perdón y el amor de Dios. He dedicado horas a la oración y al estudio bíblico. He asistido a terapia cristiana. He compartido mi historia con otros. Ha sido un largo camino hacia la recuperación, pero ahora sé que soy hija de Dios y valgo más que lo que esas dos personas me hicieron. Nunca volveré a conformarme. Nunca te conformes con menos de lo que vales. Vales más que todos los rubíes y diamantes del mundo. Eres su hijo. Eres amado. Eres hermoso. Eres fuerte. Tú puedes. Sobrevivirás.

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    #1842

    Tenía 6 años la primera vez que me violaron. Duró casi una década. Lo peor del incesto es el acceso que el perpetrador tiene sobre ti. No puedes escapar y por eso siempre vives aterrorizada. Cuando tenía 7 años, un grupo de adolescentes me violaron en grupo. Fue increíblemente violento y aterrador. Recuerdo estar sentada afuera después de que finalmente me desataran. Tenía miedo de ir a casa porque no quería que mi abusador descubriera que su "propiedad" había sido utilizada por otra persona, pero no podía pensar en una sola persona a la que acudir, así que no se lo conté a nadie durante otros 30 años. A los 8 años, un vecino abusó de mí. Durante estos abusos externos, seguían violandome en casa. Eso terminó cuando tenía 13 años. Los siguientes 3 años fueron algunos de mis años más felices. ¡Finalmente no estaba siendo abusada! Durante ese tiempo, el TEPT me hizo desarrollar una afección cardíaca y un trastorno alimenticio, ¡pero me sentí libre! Todo cambió cuando tenía 16 años y conocí a mi primer novio. Empezó a abusar sexualmente de mí a los pocos meses de empezar nuestra relación. Se fue a una misión SUD y pasó la misión acosándome a distancia. Empecé a salir con otro chico que abusaba emocionalmente. El siguiente novio me abofeteaba y me decía lo estúpida que era. Simplemente no podía hacerlo bien. Entonces conocí a mi marido. Me casé con él a los 19 años. Es amable y tierno conmigo y sentí que por fin había encontrado seguridad... Luego su hermano empezó a acosarme sexualmente. Esto ocurrió durante años. Finalmente, me agredió sexualmente. Le dije a mi marido a todo el mundo que pasaría. Nunca hizo nada para ayudarme. Llevaba 13 años viendo a mi terapeuta cuando empezó a coquetear. Se estaba divorciando de su esposa, de quien luego descubrí que era paciente suya. Salí de esa situación rápidamente. Tenía unos 30 años y estaba haciendo un posgrado para convertirme en terapeuta cuando ocurrió la siguiente agresión sexual. Era un amigo de la familia de unos sesenta años. Un día me dijo que estaba muy enfermo y quería que me pasara a verlo. Fui a su casa a ver cómo estaba y me encerró en su habitación y me agredió sexualmente. Después, me amenazó con demandarme y amenazó con la carrera de mi esposo, ya que conocía a su jefe. Tenía mucho miedo y sentía que necesitaba una semana de estudios para recomponerme. Les expliqué a mis profesores lo sucedido. Uno de ellos reenvió mi correo electrónico a la administración de la universidad, quienes intentaron obligarme a dejar el programa. Me dijeron: "Como sufriste una agresión, ya no podemos apoyarte en nuestro programa". Solo un recordatorio: ¡este era un programa de posgrado para convertirme en terapeuta! ¡Era una trampa que intentaran despacharme, culpándome de la agresión! Cuando intenté oponerme, me amenazaron con destituirme de la universidad. Al final, gané y me convertí en terapeuta. En ese momento de mi vida, había experimentado muchísimo abuso, violación, violencia y trauma, pero logré mantenerme firme. Me convertí en madre, obtuve tres títulos universitarios, trabajé en muchos empleos y ayudé a mi esposo a administrar un negocio que empecé por mi cuenta. No me di cuenta de que todo lo que había pasado me iba a golpear como un tren de carga. Estaba preocupada en un hospital como terapeuta, cofacilitando un grupo de pacientes ambulatorios cuando uno de mis clientes decidió que iba a matarme a mí, a los demás clientes del grupo y a sí mismo cometiendo un tiroteo masivo. Este cliente le contó a alguien sus planes y nos avisaron la mañana siguiente. Los administradores del hospital y la policía me obligaron a quedarme en la oficina donde la persona iba a venir durante dos horas. El equipo SWAT la localizó a pocas cuadras del hospital con un arsenal de armas. Después de eso, perdí la compostura. Mi cuerpo empezó a ceder. Mis problemas de salud mental empeoraron mucho. Ya no podía funcionar. Empecé a ver a otra terapeuta. Era muy amable y cariñosa conmigo. La adoraba y sentía que empezaba a sanar algunas de las heridas que llevaba décadas supurando. Era ella quien iniciaba el contacto físico. Toda mi vida he tenido miedo de que me tocaran, así que cuando ella empezaba a tocarme, me daba miedo. Era algo muy inocente: abrazos o una palmadita en el brazo. Empezó a resultarme tranquilizador y reconfortante. Luego empezó a enfadarse conmigo. Le contaba que le había escrito a una amiga con la que no quería que hablara o que quería cambiarme de peinado. Me reprendía durante el resto de la sesión, haciéndome sentir mal por haber dicho algo incorrecto. Luego, en la siguiente sesión, me bombardeaba con su amor. Era embriagador. Esto duró años. Llegó al punto de que siempre me tocaba. Me tocaba incluso cuando yo no quería que me tocara. ¡Era increíblemente inapropiado! Cuando se enfadaba conmigo, lo cual ocurría a menudo, me exigía que me disculpara profusamente. Me poseía. Me destrozaba por completo. Me aisló de mis amigos y mi familia. Estaba tan deprimida, ansiosa y confundida. Le creí, que era una basura. El año pasado, me puse muy enferma y cuando le dije que iría a una clínica a buscar ayuda, se enojó. Llena de celos, me atacó. Algo dentro de mí encontró la fuerza para alejarse. Fue hace un año este mes que la vi por última vez. Siento que no soy nada. Actualmente estoy casi postrada en cama, incapaz de salir de la seguridad de mi habitación, incapaz de interactuar con otros humanos, completamente aterrorizada de vivir una vida significativa. Tengo tanto miedo. Ojalá pudiera decir que encontré mi camino y me estoy recuperando, pero la verdad es que he experimentado demasiado. No sé si alguna vez me encontraré a mí misma de nuevo. Algunas heridas son demasiado profundas para sanar. Mi cuerpo se está desmoronando. Mi mente está destruida. No sé si hay esperanza. Gracias por leer mi historia. Significa más para mí de lo que jamás podré expresar.

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    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Es un largo camino y una larga historia pero puedes lograrlo.

    Por dónde empezar, porque el abuso y la vergüenza siempre han sido parte de mi ser. Pero a los 55 años he llegado tan lejos y he construido tanto por mi cuenta, que no puedo evitar sentirme orgullosa y, de alguna manera, todavía siento que no lo logré. Nací de una madre soltera y me la arrebataron cuando era bebé, en un hogar de acogida durante quizás dos años, quizás más, nadie me ha dicho la verdad sobre eso. Mi madre fue a buscarme, se casó con mi padrastro y él me adoptó. Los padres de mi madre despreciaban mi existencia. Puedo recordar claramente la primera vez que recuerdo haber hablado con mi abuela, tenía unos 4 años. La llamé por su nombre porque mi madre me había pedido que le dijera algo. Recuerdo estar allí de pie, petrificada de llamar a mi abuela por su nombre. Algo que un niño nunca debería sentir. Simplemente sabía que odiaba que estuviera en su casa, pero aún no sabía por qué lo sabía. Estar allí fue como una tortura para mí y no entendí por qué hasta que fui adulta. Simplemente sentía que les molestaba mucho. Nunca me sentí cómodo allí y los visitábamos bastante. De pequeña, mi madre tampoco era nada especial; gracias a Dios por mi padre y su familia, de lo contrario, nunca habría conocido el amor. Me decían constantemente que deseaba no haberme tenido nunca, y la golpeaban o la descuidaban bastante. Aunque decía «deberías saber lo que es una paliza», lo cual en aquel momento me daba miedo, de adulta me hacía sentir rabia y lástima por ella al mismo tiempo. Parecía que siempre buscaba a alguien que me quisiera. Nunca me lo dieron, salvo por mi padre. Toda mi vida fue una batalla. Iba a casa de la vecina para escapar de sus gritos e insultos, preguntándome por qué era así y por qué no podía ser mejor. Nunca volví a sentirme suficiente; no lo entendía, sino que odiaba cómo me sentía. En casa de los vecinos jugaba con una niña mayor que abusó de mí durante unos años. Y, por desgracia, quería atención. Después me sentí asquerosa. Y avergonzada de mí misma. En la escuela siempre me sentí como un niño raro, aunque tenía amigos, creía que realmente no les gustaba. Curiosamente, sigo siendo amigo de las mismas chicas ahora, es loco cómo el abuso y la autoestima pueden destruir el sentido de uno mismo. Era sexualmente activa cuando tenía 14 años. Conocí a mi futuro esposo a los 15. Era un novio horrible y consumía drogas cuando nos conocimos, pero estaba feliz de tener la única noche a la semana que salíamos. Era 5 años mayor que yo, no tenía por qué estar con una chica de 15 años. Pero tenía novio y eso era todo lo que importaba. Mi madre se fue cuando tenía 13 años, así que el abuso y la maldad solo ocurrían cuando me veía obligada a visitarla, lo cual intentaba evitar. Pero cuando tenía 16, casi 17, decidió que quería ser madre de nuevo. Ahora estaba cuidando mi vida por mi cuenta por un tiempo. Ella insistió en que rompiera con mi novio. Llevábamos juntos un año y medio, no iba a romper con él. Las peleas empeoraron, se volvieron físicas, yo era mucho mayor y más fuerte ahora y a los 17 me escapé al apartamento de mi novio. Y al mes siguiente estaba embarazada y en la escuela secundaria. Más vergüenza, más bochorno. Pero me casé con mi novio el fin de semana de graduación y pensé que estaba lista. Tuvimos un hermoso bebé, luego otro niño cuando descubrí que era adicto a la heroína, no estaba tan lista como pensaba. Intenté ayudarlo a desintoxicarse y todo eso. Pero finalmente eligió las drogas y descubrí que estaba esperando a nuestro tercer hijo. Nos separamos. 3 bebés sin padre. Mi familia me negó con la cabeza. Mi madre me dijo que mis abuelos nunca me aceptarían como madre soltera o si vivía con otro hombre. No podía descifrar cómo hacerlo por mi cuenta. Cuando mi hijo menor tenía un año y medio, tal vez casi 2, mi madre se llevó a mis hijos diciendo que me estaba ayudando a salir adelante, no me permitieron verlos durante 18 meses. Estaba devastada y perdida. Acepté un trabajo de camarera en un bar y me vi atrapada en ese mundo de alcohol y cocaína. No era una gran bebedora ni drogadicta, pero quería pertenecer a algo y lo conseguí. Conocí a un chico que me ayudó a recuperar a mis hijos y a conseguir un apartamento, y pensé que había encontrado al indicado. Estuvimos juntos siete años en total, y durante ese tiempo me recordó cómo debería haberme dejado en el bar donde me encontró, y yo estaba hecha polvo o como se me pudiera llamar. Solía decirme que todos estos tipos creen que eres increíble, pero yo puedo ver cómo te ves sin maquillaje y lo asquerosa que soy. ¿Quién querría eso? Me pateaba delante de la gente. Siempre intenté ser lo suficientemente perfecta, pero nunca lo fui. Hubo abuso verbal y físico durante años, pero él me aceptó a mí y a mis tres hijos, ¿y quién querría eso? Mi madre decía que tuve suerte de haberlo encontrado. La gota que colmó el vaso fue que estaba abusando verbalmente de mi hijo mayor. Era horrible con él y valía la pena alejarse de él. Años después, descubrí que el abuso era mucho mayor de lo que imaginaba y no saqué a mis hijos a tiempo. Luego descubrí que salí con un tipo que estaba huyendo de la policía. No duró mucho, pero sí lo suficiente como para que me destrozaran la cara y acabara en el hospital. Y mi hijo mayor se fue a vivir con mi hermana. Porque no era lo suficientemente bueno para criarlo. Pero todo iba bien. Estaba a salvo. De ahí en adelante, pasé a tener mi segundo bebé, un mujeriego casado y en proceso de divorcio. Se creía un desastre. Y descubrí que estaba embarazada al año de empezar a salir. Tuve ese bebé sola. Él negó que fuera suyo. Fui una zorra con él, aunque no lo era. Trabajábamos juntos, así que tenía que fingir que no era suyo y todo el trabajo lo cuestionaba. Mis otros dos hijos tenían problemas con la escuela y se metían en líos, así que solo éramos nosotros y el bebé, intentando mantenerlos a raya. Nunca me sentí más derrotada. El nuevo bebé tenía unos 6 meses y papá quería jugar a ser papá. Para cuando mi hijo menor tenía 9 meses, nos mudamos juntos después de que él me rogara que lo dejara ser papá, como si alguna vez lo hubiera detenido. Nos mudamos juntos y en un mes lo descubrí engañándome con varias mujeres. ¿Qué demonios iba a hacer ahora? Renuncié a mi casa y mudé a todos los niños más pequeños. Así que me quedé. Los dos chicos de mi primer matrimonio entraban y salían del reformatorio. El padre del bebé me lo puso sobre la cabeza y me amenazó con eso. Así que seguí tratando de que funcionara. Y él seguía engañándome. Pero ante su insistencia, intentamos tener otro bebé, dijo que dejaría de engañarnos. Nos embarazamos de mi hija y él siguió engañándome. Es decir, como si estuviera en sitios web de citas. Fue una locura. Era un narcisista. Me engañó mientras estaba teniendo a nuestra hija en el hospital. Estuvo todo el día diciéndome que si yo fuera más así o que pararía o que se llevaría a mis bebés por los problemas en los que estaban mis hijos. Llevaba dos meses de posparto y él dijo que si no estuviera tan gorda no me engañaría. ¿Quién dice eso? ¿Acaso no podría tener una familia normal? Tal vez me dañaron para bien, como había oído hacía tantos años. Después de ir y venir mudándome por todo el país para intentar arreglar esto, regresando después de que el mercado inmobiliario se desplomara, justo antes del primer cumpleaños de mi hija lo eché. De su propia casa. Irse a estar con la chica y lo hizo. Y la engañó. Pasaron los años regañando y menospreciando constantemente porque ahora soy la ex con los niños y demandándolo por manutención. Años de eso, no importaba que tuviera órdenes judiciales y la custodia completa, él me iba a destrozar, tantos mensajes. Diciendo las cosas más viles que se podían decir. Durante años. Así que mientras tanto él había vivido con unas 7 o 9 mujeres diferentes yo vivía sola con los niños. Pero espera, hay más... Tenía una buena vida y todo en orden, cuando llegó lo peor de lo peor, un tipo ruidoso, malo, alma de fiesta, que todos afuera amaban y cualquiera que lo conociera de cerca despreciaba. Y ahora es mi novio. Y al principio era el más dulce. Me invitaba a cenar y a beber y me volvía loca. ¡Me lo merecía! Después de todos los años encontré a mi chico. En secreto, y poco a poco, mostró quién era. Estuvimos juntos 4 años. Vivimos juntos 18 meses. Lo odié cuando vivimos juntos 6 meses. Odiaba a mi hija con venganza. Era verbalmente abusivo con ella una vez que vivimos juntos. Y yo no quería saber nada de eso y le pedí que se fuera, no lo hizo. Eso sí, fueron 2 años y medio de abuso, más viles de lo que el padre de mis hijos me dijo y una vez más sigo intentándolo. Tan desesperada por la normalidad. Tan desesperada por una familia y la felicidad. Así que me mudé con él. Y dije que era una tortura. Y Dios no quiera que lo hiciera dejar de abusar de mí, fue cuando fue mi hijo otra vez que salí. Pero esta vez no fue tan fácil, le pedí que se fuera y no lo hizo y no pude sacarlo porque el propietario insistió en tener su nombre en el contrato de arrendamiento. Así que no se quería ir. Y verbalmente, mentalmente, emocionalmente y financieramente me hizo pasar por eso. Un año después del día en que le pedí que se fuera, se fue. Después de un último año de tortura literal, abusando verbalmente de mi hija y eventualmente de mi hijo autista, se fue. Y continuó diciendo que me dejó. Jaja. Dos años después me mudé a un pequeño pueblo costero con mis hijos, compré una casa. Reconectando con todos los que perdí en los años que estuve con él. No he sabido nada de él desde entonces. Encontrando mi camino. Aprendiendo a confiar en mí mismo y en los demás. Soy un trabajo en progreso. Pero puedo decir que la fuerza está dentro y si eliges usarla, la vida puede ser hermosa.

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    De un sobreviviente
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    Corazón roto35

    Tengo 71 años y me dejé abusar por más de 20 años de un matrimonio de 36 años. Perdí a mis hijas y nietos por mis acciones. No tengo a nadie, estoy totalmente sola. Descubrí que mi esposo era drogadicto con receta, ladrón y mentiroso, que manipulaba a todos a su alrededor; era un buen tipo. Estaba demasiado ocupada trabajando, criando una familia y seguí dejando que este hombre me usara porque lo amaba. Me di cuenta de que el amor no debería doler. Él se fue de nuestra casa durante años, yo nunca salí con nadie más. Me violaron, me estrangularon, me golpearon, me dejaron con moretones y me ensangrentaron, me robaron dinero y antigüedades, etc. Me dejé usar una y otra vez, no sé por qué, todavía no lo sé. Pensé que lo amaba porque teníamos un vínculo especial. Me estaba engañando a mí misma y duele más de lo que crees. Intenté terminar con mi vida para deshacerme del dolor del abuso y fracasé hace años. No pude vivir con el dolor de perder a mi familia. Estoy tan sola, sentada en una casa, consumiéndome, esperando morir algún día, alguien que lo note por mi correo o mi perro. Qué lástima que yo, una hermosa, fuerte y amorosa esposa y madre abuela, me hayan dejado morir así, sola y destrozada por el abuso. Culpo a mis hijos por no protegerme, a los tribunales y, sobre todo, me culpo a mí misma por amar a un hombre y no amarme más a mí misma. Necesito ayuda y todavía la necesito.

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  • Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Sanar es descubrir que nunca me fui. Estaba escondida y esconderme ya no me mantiene a salvo.

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  • “Para mí, sanar significa que todas estas cosas que sucedieron no tienen por qué definirme”.

    Historia
    De un sobreviviente
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    Sobreviviente de abuso sexual de 12 años en Virginia Occidental, verano de 1979.

    En el verano de fecha yo tenía 12 años mamá, papá y yo fuimos a ciudad por una semana para ver a mis abuelos porque estaba de vacaciones de verano de la escuela y estábamos haciendo una barbacoa cuando parientes del lado de la familia de mi abuela vinieron a verla, se hospedaron en el Ramada Inn, cerca de la casa de mis abuelos, cuando sucedió, después de la cena me disculpé de la mesa para poder estirar las piernas y comencé a ir al bosque para ver los ciervos que no estaban lejos de la casa de mis abuelos, cuando Lee vino detrás de mí y me tomó del brazo más adentro del bosque para que nadie pudiera ver lo que estaba a punto de suceder, me hizo desnudarme y tocó mi cuerpo desnudo, incluyendo mi pene y mis genitales y me dijo que así es como la gente tiene sexo, luego se bajó los pantalones y los calzoncillos y me hizo sentir su pene y me hizo intentar tragarlo y me amenazó diciendo que no les contara esto a tus padres o abuelos o diría que estabas mintiendo sobre ello, así que Nunca dije nada al respecto, luego al día siguiente me encontró detrás de la casa mirando colina abajo los camiones de 18 ruedas que pasaban por la interestatal y me llevó al sótano me obligó a quitarme la ropa y luego me obligó a masturbarme bueno, fue bueno que me contuve de eyacular esperma porque el piso del sótano era de tierra y si mi abuela me hubiera preguntado por qué el piso estaba mojado, habría tenido que decirle porque nunca podría mentirle a mi abuela debido a nuestro vínculo especial entre abuela y nieto, así que una vez que me vestí de nuevo caminé esparciendo tierra por donde estaban mis pies descalzos de esta manera ella no tenía idea de lo que había pasado, hasta el día de hoy desearía haberles dicho porque entonces ese bastardo habría muerto en la cárcel pero desde entonces falleció de una muerte muy dolorosa así que nunca más tengo que preocuparme por él.

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  • “Sanar significa perdonarme a mí mismo por todas las cosas que pude haber hecho mal en el momento”.

    La sanación no es lineal. Es diferente para cada persona. Es importante que seamos pacientes con nosotros mismos cuando surjan contratiempos en nuestro proceso. Perdónate por todo lo que pueda salir mal en el camino.

    Historia
    De un sobreviviente
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    De la supervivencia a la seguridad

    Hola, Nombre , soy una sobreviviente de violencia doméstica que se comunica conmigo con la esperanza de compartir mi historia para crear conciencia y ayudar a proteger a otras mujeres y niños. Después de sufrir violencia doméstica severa y el secuestro de mis hijos y yo, finalmente vi justicia cuando el acusado en mi caso fue declarado culpable y sentenciado a 60 años de prisión. Si bien esa condena trajo responsabilidad, no terminó con el impacto del abuso en mi vida ni en la de mis hijos. La violencia que sobrevivimos lo cambió todo. Mis hijos presenciaron un trauma que ningún niño debería experimentar, y nos vimos obligados a dejar nuestro hogar y todo lo que nos era familiar para empezar de cero y estar a salvo. Las secuelas del abuso han afectado nuestro bienestar emocional, nuestra estabilidad y nuestra capacidad para reconstruir una sensación de normalidad. Comparto mi historia no para obtener lástima, sino para crear conciencia sobre la realidad de la violencia doméstica, especialmente cómo afecta a los niños mucho después de que terminan los juicios. Las sobrevivientes a menudo se van sin nada, y reconstruir requiere apoyo, seguridad y recursos. Enlace Si les interesa, estoy dispuesta a hablar abierta y honestamente sobre lo que vivimos, el proceso legal y cómo es la vida después de sobrevivir. Espero que al contar nuestra historia podamos ayudar a salvar vidas y crear conciencia sobre la importancia de proteger a las mujeres y los niños. Gracias por su tiempo y por el trabajo que realizan al sacar a la luz historias importantes.

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  • Todos tenemos la capacidad de ser aliados y apoyar a los sobrevivientes en nuestras vidas.

    “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

    Historia
    De un sobreviviente
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    #784

    Fuimos juntos a la preparatoria, al baile de graduación, etc. Mi primer amor. Nueve años después de graduarnos de la preparatoria, nos reencontramos en una boda y nos casamos menos de un año después. Me gustó nuestra conexión de la infancia y cómo a él le gustaba arreglar las cosas. Todos decían que "estaba destinado a ser". Pero había muchas señales de alerta. Abusó de mí en todos los sentidos. Mentalmente, socavando mis sueños y esperanzas (diciéndome que nunca terminaría mi carrera). Financieramente, gastando dinero que no teníamos, ocultándome compras importantes, renunciando a trabajos impulsivamente si alguna vez lo "faltaban al respeto". Físicamente, escupiéndome, sacudiéndome, tirándome al suelo. Me mintió, me insultó, me llamó gorda, tiró mis objetos preciados y luego se burló de mí por hurgar en la basura para encontrarlos. También me engañó y me contagió una ETS, luego lo negó diciendo que debí haberlo engañado cuando no lo había hecho. Socavó mi sentido de la realidad. El punto de inflexión fue encontrar el diario de mi hija de 13 años y leer sobre lo que había oído y presenciado cuando creía que estaba dormida. Ya no podía criarla ni a ella ni a sus hermanos con esto. Lo más difícil fue lidiar con la custodia. Él nunca había cuidado solo de nuestros tres hijos, ni siquiera una tarde. Tenía contactos en la policía y en agencias de servicios sociales, y había sido trabajador de los Servicios de Protección Infantil (CPS), así que las acusaciones de abuso nunca lo afectaron. Salió con un abogado y se casó brevemente, lo que le permitió tener representación legal gratuita e ilimitada. Descuidó a nuestros hijos, bebió mucho (es alcohólico) y los asustó muchas veces con su ira y sus arrebatos. No poder protegerlos de él fue y sigue siendo lo más difícil. Mi familia es católica y se toma el matrimonio muy en serio, al igual que yo. Justo antes de pedir el divorcio, mi madre me decía que las cosas no estaban tan mal. Le dije que podía 1) pedirme que dejara de hablar de mi realidad con ella o 2) aceptarla, pero que yo ya no aceptaría que ella la negara. Ella me escuchó, se disculpó y me ha apoyado plenamente desde entonces. Por favor, no den por sentado que alguien, porque es trabajador social, se llama a sí mismo defensor, feminista o incluso trabaja como defensor, vive estos valores en privado. Mi ex recibió un premio del departamento de policía por su trabajo con personas sin hogar la misma semana que me dejó encerrada fuera de casa durante un tornado (tuve que aguantarlo en mi coche en la entrada). Obviamente, sabiendo que no estoy sola, que aunque haya pasado más de una década y que estoy felizmente casada con un hombre amable y cariñoso, este dolor sigue conmigo. En los cumpleaños de mis hijos siempre me cuesta recordar cómo abusó de mí durante el parto y la recuperación. Es algo muy difícil de compartir. Speak Your Truth me permitió no estar sola con esos recuerdos por primera vez.

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  • Cada paso adelante, por pequeño que sea, sigue siendo un paso adelante. Tómate todo el tiempo que necesites para dar esos pasos.

    Eres maravillosa, fuerte y valiosa. De un sobreviviente a otro.

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇲🇾

    Vete a la primera señal de alarma. Busca a alguien que te permita ser femenina.

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    🇬🇧

    Termina conmigo ❤️

    Después de ver "It Ends With Us", sentí que quería compartir mi historia. Vi la película sola la primera vez, llevé a mi Atlas a la segunda y a mi mejor amiga a la tercera. Verla me dio la fuerza para compartir anónimamente mi historia de abuso y violencia. La película y el libro me evocaron muchas emociones crudas, emociones con las que aún lucho hoy. Mi historia comenzó cuando tenía 16 años y estaba con mi primer "amor". Al principio todo iba bien, pero de repente todo cambió. Me decían constantemente lo inútil que era, me empujaron por las escaleras, pero no me iba, y no sabía por qué. Era controlador y no le gustaba que la gente me hablara, hacía todo lo posible para evitarlo y se aseguraba de que mis amigos no me vieran, personas a las que consideraba una amenaza. Acabé en el hospital por su culpa, donde me rompió la mano. Una vez se enojó mucho conmigo. Estábamos en su auto y, justo antes de que pudiera cerrar la puerta y ponerme el cinturón de seguridad, empezó a conducir imprudentemente para asustarme. Lo que más me asustó fue cuando dormía y sentía sus manos alrededor de mi garganta, sin ninguna explicación. Muchas veces le decía que parara y él seguía adelante porque me decía que él tenía el control. Me apagaron cigarrillos varias veces, y me dijeron que era asquerosa y que parecía una zorra, incluso que estaba "gorda", lo que me llevó a más problemas de salud. Cuando terminé con un moretón, mi amigo, que ahora es mi Atlas, se dio cuenta; trabajamos juntos. Me confiné en él, y él fue la primera persona que me escuchó atentamente y me permitió compartir mis experiencias. Durante todo esto, me causó una ansiedad y depresión abrumadoras, e incluso tuve que ir a terapia porque para mí era una pesadilla incluso cuando había terminado, y lo conté varias veces. Mis padres nunca lo entendieron; me preguntaban por qué no me iba, diciéndome que debía haber querido que continuara. No lo hice. Casi 10 años después, con mi Atlas de 5 años, me siento más feliz y mejor física y mentalmente; todavía me estoy recuperando. Esta película me hizo llorar y me identifiqué muchísimo con Lily Bloom; algunas cosas me recordaron a mis experiencias, pero también me trajo una sensación de libertad y felicidad. Gracias por permitirme compartir mi historia.

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  • Mensaje de Sanación
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    La sanación es aceptación, perdón y la capacidad de seguir adelante.

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    Camino ventoso hacia la curación

    Durante años me cuestioné qué estaba haciendo mal y cómo alguien que me amaba podía sentirse tan cómodo haciéndome daño. Pero no me golpeaban, así que nunca lo vi como violencia doméstica ni como una víctima. En diferentes relaciones, fue una puerta giratoria, pero no me golpeaban, así que no fui una víctima. Hasta mi última relación. En tres años y medio, me puso las manos encima una vez, pero si lo hubiera dejado ir, no lo habría hecho. Durante mucho tiempo, me metió en la cabeza que yo era el problema. Los buenos momentos fueron realmente buenos, así que pasé por alto los malos porque lo amaba más de lo que me amaba a mí misma en ese momento. La forma en que amaba a mis hijos (que no eran suyos) también me mantuvo a su lado mucho más tiempo del que debía. Planeé una vida con él en mi cabeza porque estaba ayudando a criar a niños que no eran suyos, así que debe ser un hombre increíble para asumir el papel, hasta que empezó a fallar. Entonces me di cuenta de que mi infelicidad con él estaba lastimando a mis hijos más de lo que creía. Me hizo creer que era tan "mentalmente inestable" que nadie me querría jamás y que estar a dos metros de profundidad en una tumba era la única manera de alejarme de él. Entonces me fui y estaba tan orgullosa de mí misma. Empecé a hacer terapia intensiva y a trabajar en mí misma, y entonces los pensamientos que me había metido en la cabeza volvieron. "Nadie podría amarte jamás como yo, porque estuve ahí para ti en tu peor momento". Rompí la prohibición de contacto y lo dejé entrar. Al principio todo iba bien, pero luego me restregaba el pasado en la cara y me decía cuánto me odiaba, y el ciclo de abuso verbal y psicológico volvía a empezar. Pero esta vez, lo entendí mejor. Descubrí el abuso psicológico y físico, investigué, estuve en grupos y estaba aprendiendo a amarme de nuevo. Tenía límites por primera vez en mucho tiempo. Y luego me enteré de que me había engañado un año antes, mientras vivía en mi casa, y el verano de la espiral descendente había comenzado. Lo bloqueé de nuevo y estaba tan deprimida que empecé a ahogarme con alcohol. Sentí que se me rompía el corazón al ver que este hombre había pasado tanto tiempo acusándome de engaño mientras trabajaba para mantener a mis hijos, solo para que él se diera la vuelta y me lo hiciera a mí. Casi lo pierdo todo y tuve que perder uno de mis trabajos para finalmente volver al buen camino. Dejé de beber por un tiempo, encontré un mejor trabajo, pasé más tiempo con mis hijos y comencé a reevaluar lo que me hacía feliz en la vida. Redescubrí mis límites saludables, estaba trabajando más, estaba riendo de nuevo y en general, lo decía en serio. Empecé a hablar con mis amigos sobre mis sentimientos y dónde estaba en la vida. Durante un año, las cosas iban mejor (siempre va a haber altibajos, pero era mejor). Y luego llegó el año de bloqueo y cedí y lo desbloqueé en su cumpleaños. Al principio fue por mezquindad, y luego descubrí que estaba saliendo con alguien. Hice como si no supiera nada, quedamos un par de veces y luego el viejo él volvió a aparecer, pero esta vez, estaba en un mejor lugar y sabía qué aceptar y qué corregir. Finalmente vi que su presencia en mi vida no era buena para mí mentalmente y por mucho que extrañe al él que fingía ser cuando nos conocimos, estoy aprendiendo a lamentar a la persona que nunca existió. Ya no quiero llamarlo por cada pequeña cosa (buena o mala). Ya no tiene acceso a mí ni a la vida de mis hijos y amo la mujer fuerte e independiente en la que me estoy convirtiendo. Estoy tan orgullosa de las cicatrices que estoy sanando y reconociendo que soy humana y que voy a tener días débiles en los que podría querer enviarle un mensaje y lo estoy tomando un día a la vez. Pasar de planificar un futuro y una vida con alguien que creías que era esa persona a lamentar a alguien que nunca existió en realidad es algo que la mayoría de la gente nunca entenderá (y espero que ellos tampoco lo entiendan nunca). Algunos días son más fáciles que otros, y está bien perderse, siempre y cuando encuentres el camino de vuelta. Soy fuerte porque no tengo otra opción, pero estoy aprendiendo que está bien tener días débiles y que no siempre tengo que ser tan fuerte. Llorar, gritar y golpear una almohada son formas saludables de desahogarme.

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    Mi camino del dolor al propósito - nombre

    Como hombre que sufrió abusos y vio cómo mi madre y mi hermana los sufrían conmigo, esta es mi historia. La he convertido en un libro llamado Nombre del libro que se publicará en 2025, con la esperanza de que mi historia ayude a otros que han guardado silencio a hablar y denunciar. Crecí en la década de 1960 en Ciudad , y el temperamento explosivo de mi padre dominaba nuestra casa como una tormenta que nunca cesaba. Sus palizas eran un ritual: impredecibles pero inevitables. Su cinturón era su arma predilecta, y yo era el objetivo. Primero venía el ataque verbal. "¡No vales nada!", gritaba, escupiendo sus palabras venenosas antes de descargar el cinturón sobre mí. El chasquido del cuero contra mi piel era afilado, pero lo que más me dolía era el miedo que me invadía a cada instante. Sus ataques eran brutales e implacables, y aprendí rápidamente que llorar solo empeoraba las cosas. Desarrollé un mantra para sobrevivir: «No estoy loca; él sí». Grabé esas palabras en la pared debajo de mi cama y me aferré a ellas como a un salvavidas, aferrándome a la idea de que esta locura no era culpa mía. Pero ningún mantra podía protegerme del dolor ni de las cicatrices que dejaba cada paliza. Mi cuerpo se llenaba de moretones y marcas, y las llevé conmigo hasta la edad adulta, ocultas bajo capas de ropa y sonrisas fingidas. Cuando tenía seis años, un momento de curiosidad casi me mata. Estaba jugando afuera, tirando palos al barril en llamas de un vecino, cuando una chispa cayó sobre mi chaqueta de nailon. En segundos, me vi envuelta en llamas. Mientras gritaba y corría, con la espalda ardiendo, un vecino me derribó en la nieve, salvándome la vida. En el hospital, mientras los médicos trabajaban para curar mis quemaduras de tercer grado, el miedo a mi padre eclipsaba el dolor. Cuando volví a casa, todavía cubierta de vendas, la violencia de mi padre continuaba. Me abofeteó por no asistir a la fiesta que había organizado para mi regreso a casa. El mensaje era claro: ningún sufrimiento me granjearía su compasión. Su crueldad era implacable, y me di cuenta de que casi morir no había cambiado nada. Mientras las cicatrices físicas del incendio sanaban, las emocionales se agravaban. Vivía con miedo constante, sin saber cuándo llegaría la próxima paliza. Sus pasos me helaban la sangre, cada paso un recordatorio de que nunca estaba a salvo. Incluso después de su muerte en año su influencia seguía presente. Sentí alivio al saber que se había ido, pero el dolor y la ira no resueltos permanecieron. Intenté reinventarme en la universidad, volcándome en los estudios y el trabajo. Estaba decidida a escapar del trauma, pero por mucho que huyera, me seguía. La violencia que experimenté de niña pronto se convirtió en violencia que me infligía a mí misma. En mis veinte, la bulimia se convirtió en mi forma de afrontarlo. Comía compulsivamente y luego vomitaba, como si el vómito pudiera expulsar el dolor que había cargado durante tanto tiempo. Era un ritual retorcido de control, y sin embargo, no tenía ningún control. Después, me desplomaba, agotada, pero con la mente aún atormentada por recuerdos de los que no podía escapar. Cada ciclo prometía alivio, pero nunca duraba. El ejercicio obsesivo se convirtió en otra vía de escape. Pasaba horas en el gimnasio, llevando mi cuerpo al límite, creyendo que si lograba perfeccionar mi apariencia, de alguna manera podría reparar la herida interior. Desarrollé músculos para protegerme, pero el espejo siempre reflejaba la verdad: ojos vacíos que me devolvían la mirada, el vacío siempre presente. Incluso mientras ascendía en mi carrera, convirtiéndome en ejecutiva corporativa, la persistente duda sobre mí misma seguía ahí. Tenía éxito, pero el éxito no sanaba las heridas que mi padre me había dejado. También buscaba consuelo en desconocidos. Los encuentros fugaces se convirtieron en una forma de llenar el vacío interior, ofreciendo un escape temporal del dolor implacable. Pero después de cada encuentro, el vacío regresaba, más intenso que antes. Ni correr, ni levantar pesas, ni el sexo podían llenar el enorme vacío en mi corazón. Me estaba adormeciendo, no viviendo. No fue hasta que busqué terapia que comencé a enfrentar los traumas que había enterrado tan profundamente. Mi primer terapeuta me sugirió escribir cartas a mis padres, pero no pude hacerlo. Necesité encontrar al terapeuta adecuado, alguien que me impulsara a ir más allá de la superficie, para finalmente comenzar el proceso de sanación. Poco a poco, fui desentrañando las capas de dolor, enfrentando no solo el abuso de mi padre, sino también el daño autoinfligido que me había impuesto durante años. Mi esposa, nombre se convirtió en mi mayor apoyo, ayudándome a desvelar las capas y a enfrentar la oscuridad que había ocultado durante tanto tiempo. Juntos, construimos una vida de amor y conexión, pero incluso en esos momentos más felices, las sombras de mi pasado nunca me abandonaron. Cuando mi madre falleció en fecha , encontré la paz en nuestra compleja relación. El perdón, tanto para ella como para mí, se convirtió en una parte esencial de mi sanación. Hoy, uso mi historia para animar a otros a hablar y romper el silencio en torno al abuso. El dolor que sufrí no fue en vano. Creo que nuestro pasado puede alimentar nuestro propósito y que, en última instancia, nuestro dolor puede convertirse en nuestra fuerza.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Escucho música inspiradora, y las bandas que escucho me dan esperanza y fuerza.

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    De un sobreviviente
    🇬🇧

    La bombilla se enciende

    Diez días después de que mi hija incógnita recibiera el alta del hospital, donde se había sometido a cirugías cerebrales por epilepsia, incógnita estaba descansando en su habitación cuando mi exmarido me pidió que le ayudara a comprar algo por internet. Le dije que no (algo muy raro, pero estaba preparando algo de comer para incógnita ) y explotó, arrojándome café caliente encima y destrozando la cocina. Y por primera vez, se me encendió la bombilla. La bombilla decía: "Esto tiene que parar". Una vez que vio que algo fundamental había cambiado en mí, que hablaba en serio, intensificó sus tácticas semana tras semana. Llevábamos casi 20 años casados y no podía creer que lo estuviera dejando. Lo único que sabía hacer en respuesta era más agresiones, más amenazas, más acoso, más robos. Estaba fuera de sí. En un momento dado, se paró en los escalones de nuestra casa gritando "¿Por qué no abortaste a los niños?" una y otra vez. Durante unos seis u ocho meses, estoy casi segura de que estuvo considerando un asesinato-suicidio. Tuve que dejarlo todo atrás para escapar: la casa, los amigos, el trabajo. Vendí todas mis pertenencias de valor. Como crecí en un hogar con violencia doméstica, no la entendía bien, incluso cuando era víctima. No sabía que empujar, patear y arrojar objetos o líquidos calientes a alguien son actos ilegales. No sabía que los insultos, los apodos despectivos y el sexo coercitivo no son normales en una relación. No sabía lo deshonesto que era (y sigue siendo) mi exmarido.

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    🇻🇳

    Abuso sexual en el ámbito académico

    Abuso sexual en el ámbito académico: Haber sufrido abuso sexual a temprana edad por parte de profesores en la escuela, uno en primaria y otro en secundaria, me hizo pensar que no habría un lugar seguro para el abuso sexual. Me volví extremadamente vulnerable e impuse restricciones increíbles en mis relaciones con los demás. Sin embargo, mi abuso sexual institucional más vergonzoso estaba por llegar más adelante en el ámbito académico. En mi segundo año del programa de doctorado en Corea del Sur, Iniciales del nombre , un empresario y aspirante a político, regresó a la universidad para cursar una maestría. Mantenía una relación íntima con mi asesora. Como mi asesora y yo también éramos cercanos, los tres salíamos a almorzar o a tomar café juntos. Iniciales del nombre le gustaba mi inteligencia y mi pasión por mi carrera y lo señalaba abiertamente. Gradualmente, me hizo notar su ambición y pasión por la vida. Unos 20 años después de graduarse de la universidad, inevitablemente se enfrentó a muchos desafíos como un estudiante de primer año. Por lo tanto, hubo ocasiones en que me pidió ayuda académica, particularmente para escribir un trabajo académico, recopilar datos en la biblioteca y desarrollar un marco teórico para su estudio. Un día, habíamos quedado para cenar en el restaurante de un hotel unos días después de que le ayudara con su trabajo escrito. Sin embargo, de camino a cenar, me preguntó si me importaría ir más lejos para disfrutar de la tranquilidad de la naturaleza y la buena comida. Acepté su oferta, y nos dirigimos a un lugar que solo él conocía. Tardamos aproximadamente una hora en llegar. Valió la pena, y disfrutamos de la comida y la conversación. De regreso a Seúl, me preguntó si podía parar a fumar. Detuvo el coche, bajó las ventanillas y empezó a fumar con mi permiso. Encendió la música sin esperar mi respuesta, y nos quedamos en silencio un momento. De repente, me di cuenta de cuánto había avanzado con tantos altibajos y cuánto había anhelado escapar de la realidad que me rodeaba. Sintió que algo pasaba y me tocó las mejillas. Me preguntó si estaba llorando. No respondí. En apenas unos segundos, apagó el cigarrillo, bajó las ventanillas y apagó la luz y la música. Ese fue el comienzo de su abuso sexual hacia mí. Desde entonces, me ha abusado sexualmente durante meses en ocasiones inevitables. Después de la graduación de Iniciales del nombre , recibí mi doctorado en Fecha . Mi asesor me pidió que visitara Iniciales del nombre 2 , un profesor de una universidad de dos años ubicada en las afueras de Seúl. Iniciales del nombre 2 me recibió con cálidos saludos y una gran sonrisa y me pidió que escribiera el resto de su tesis doctoral utilizando los datos y materiales que me proporcionaría. Prometió ayudarme a conseguir un puesto de profesor en su universidad a cambio de contribuir a su tesis. Su primera reunión terminó en unos treinta minutos y me asignó para dar clases en su universidad. Unos días después, Iniciales del nombre 2 corrigió sus palabras anteriores y me convenció de que terminaría su tesis de forma independiente. También me prometió ayudarme a conseguir un trabajo en su universidad o a través de uno de sus amigos cercanos. Me sugirió ir de compras conmigo para comprarme un regalo sin ningún motivo específico. Acepté su invitación, con la esperanza de conocerlo mejor y establecer nuevos contactos académicos. Durante la cena, Iniciales del nombre 2 habló sobre las vacantes en su universidad y los procedimientos detallados, desde la solicitud hasta la contratación oficial. Solicité un puesto y me convertí en una candidata prometedora. Un día, me propuso salir a cenar. Después de la cena, me ofreció llevarme a casa esa misma noche, momento en el que intentó besarme a la fuerza, dando comienzo al abuso sexual de Iniciales del nombre 2 contra mí. Durante el fin de semana, me llamaba diciendo que quería hablar sobre el seguimiento de la solicitud. No estaba claro si hablaría sobre lo que debía hacer en el proceso de contratación. Sin embargo, poco después de ese gesto frívolo sobre el estado de mi solicitud, abusó sexualmente de mí en cualquier lugar. También me llevó a un alojamiento alejado de las grandes ciudades y abusó sexualmente de mí. Mi lucha por encauzar mi relación con Iniciales del nombre 2 fue inútil. Al final de ese semestre, resultó que mi solicitud no había sido aceptada. Tras una larga lucha, fundé una organización sin ánimo de lucro, Nombre de la organización sin fines de lucro Enlace , en Ciudad, Estado , en 2014 para ayudar a otras supervivientes de abuso sexual en su camino hacia la sanación y el empoderamiento.

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    Actividad de puesta a tierra

    Encuentra un lugar cómodo para sentarte. Cierra los ojos suavemente y respira profundamente un par de veces: inhala por la nariz (cuenta hasta 3), exhala por la boca (cuenta hasta 3). Ahora abre los ojos y mira a tu alrededor. Nombra lo siguiente en voz alta:

    5 – cosas que puedes ver (puedes mirar dentro de la habitación y por la ventana)

    4 – cosas que puedes sentir (¿qué hay frente a ti que puedas tocar?)

    3 – cosas que puedes oír

    2 – cosas que puedes oler

    1 – cosa que te gusta de ti mismo.

    Respira hondo para terminar.

    Desde donde estás sentado, busca objetos con textura o que sean bonitos o interesantes.

    Sostén un objeto en la mano y concéntrate completamente en él. Observa dónde caen las sombras en algunas partes o quizás dónde se forman formas dentro del objeto. Siente lo pesado o ligero que es en la mano y cómo se siente la textura de la superficie bajo los dedos (esto también se puede hacer con una mascota, si tienes una).

    Respira hondo para terminar.

    Hazte las siguientes preguntas y respóndelas en voz alta:

    1. ¿Dónde estoy?

    2. ¿Qué día de la semana es hoy?

    3. ¿Qué fecha es hoy?

    4. ¿En qué mes estamos?

    5. ¿En qué año estamos?

    6. ¿Cuántos años tengo?

    7. ¿En qué estación estamos?

    Respira hondo para terminar.

    Coloca la palma de la mano derecha sobre el hombro izquierdo. Coloca la palma de la mano izquierda sobre el hombro derecho. Elige una frase que te fortalezca. Por ejemplo: "Soy poderoso". Di la oración en voz alta primero y da una palmadita con la mano derecha en el hombro izquierdo, luego con la mano izquierda en el hombro derecho.

    Alterna las palmaditas. Da diez palmaditas en total, cinco de cada lado, repitiendo cada vez las oraciones en voz alta.

    Respira hondo para terminar.

    Cruza los brazos frente a ti y llévalos hacia el pecho. Con la mano derecha, sujeta el brazo izquierdo. Con la mano izquierda, sujeta el brazo derecho. Aprieta suavemente y lleva los brazos hacia adentro. Mantén la presión un rato, buscando la intensidad adecuada para ti en ese momento. Mantén la tensión y suelta. Luego, vuelve a apretar un rato y suelta. Mantén la presión un momento.

    Respira hondo para terminar.